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((**Es9.523**) tanto la enfermedad de la vieja se precipitaba hacia su fin, y he aquí que dos primos suyos fueron a visitar a don Bosco. La enferma no tenía hijos, ni sobrinos, a quienes dejar la herencia. Después de los primeros saludos dijeron aquéllos: -Perdone, don Bosco; la cantidad propuesta de ocho mil liras resulta un poco elevada. ->>Qué quieren decir ustedes? -Le rogamos, en -nombre de la señora, que haga el favor de rebajar hasta una cantidad... un poco más razonable. -Buena gente: >>acaso soy yo quien concede la gracia o es la Virgen? Yo no propongo nada; ni ocho mil, ni cien mil. Solamente he dicho una palabra por decir, después de habérmelo pedido. >>Pero, qué son ocho o cien mil liras para una rica de esa clase? >>Y queréis que oiga la Virgen a un corazón tan mezquino concediéndole una gracia tan portentosa? Haga esa señora lo que guste. Yo no tengo nada que ver. -Es que... es que... Querían todavía replicar los enviados, pero don Bosco se despidió de ellos amablemente. ((**It9.580**)) Al día siguiente moría aquella señora por no saberse decidir: tan apegada estaba al dinero. El 14 de marzo era el aniversario del nacimiento del rey Víctor Manuel. Citamos esta fecha porque don Bosco en este día, como en otras ocasiones de fiestas patrióticas, acudía al banquete diplomático servido por el conde Radicati, gobernador de Turín. Todos los comensales eran hombres de la política constituidos en dignidad. El Gobernador invitaba al Siervo de Dios para complacer a su piadosísima esposa que, por desgracia, había quedado ciega. Ella, delicadísima de conciencia, presentaba a don Bosco sus instancias unidas a las de su marido, deseosa de tenerlo en la mesa, para impedir con su presencia conversaciones contra la religión. Narramos un hecho que pinta el carácter profundamente cristiano de esta noble señora, a la que todos respetaban por sus finos modales, su vasta cultura y su gran bondad. Cayó uno de aquellos grandes banquetes en día de vigilia y no quería de ningún modo la Condesa que se sirviera carne en la comida. Fue el Conde a hablar con el señor Durando, sacerdote de la Misión, el cual le aconsejó que preparara platos de carne y de pescado, de modo que cada invitado pudiera servirse a su gusto. Cuando la Condesa supo la respuesta, exclamó con energía: -No, íno quiero que en mi casa se cometan pecados! (**Es9.523**))
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