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((**Es7.710**) avisó que se llevaba el santo viático a Juan Lagorio, perteneciente a la Congregación y ocupado en la ropería. Los alumnos se reunieron en la iglesia para pedir a la Santísima Virgen que concediera al pobre enfermo las gracias que necesita. >>Don Bosco, apenas dio la bendición, subió a la tarima del altar y habló así: >>-Mis queridos amigos; acabamos de llevar el santo Viático a un hermano nuestro, gravemente enfermo. Aunque haya pocas esperanzas de curación, como todavía puede vivir algún tiempo, lo mismo que puede morir pronto, rogad al Señor para que le proporcione la fuerza de sufrir con resignación la enfermedad y la gracia de morir santamente. Para ello empezaremos mañana a rezar un Pater y Ave por el enfermo, Pater y Ave, que acaso cambiaremos pronto por un Requiem aeternam. >>-Amigos míos, pensemos en este instante en nuestro máximo deber, y es que debemos emplear bien la salud para el servicio y la gloria de Dios. La salud es un gran regalo del Señor, que debemos emplear totalmente para él. Los ojos deben ver por Dios, los pies caminar por Dios, las manos trabajar por Dios, el corazón latir por Dios; en fin, todo nuestro cuerpo debe servir a Dios mientras tenemos tiempo, de manera que cuando Dios nos quite la salud y nos acerquemos a ((**It7.835**)) nuestro último día, la conciencia no tenga que reprocharnos de haberla usado mal.>> La noche siguiente subió don Bosco a la tribuna y habló con voz muy conmovida: 14 de diciembre.-Esta noche, mis queridos amigos, he de comunicaros algunas noticias dolorosas. Vosotros debéis saberlas; y, si no las sabéis, os advierto que en las principales novenas que celebramos, algunos alumnos dejan el Oratorio para marcharse a sus casas. Nadie les manda irse; son ellos mismos quienes se van, es decir, es la misma Virgen quien los aleja. Algunos, a los que se quería todavía retener por compasión, prefirieron escaparse antes que permanecer, y huyeron. Y lo más doloroso es que debieron marcharse porque no podían estar más a nuestro lado, porque ofendieron las buenas costumbres. Esos no podrán jamás olvidar, mientras vivan, por qué abandonaron el Oratorio; su corazón sangrará con sólo pensarlo y deberán decir: -El culpable de todo soy yo. En el pueblo les preguntarán: ->>Por qué dejaste el Oratorio? Y >>qué podrán contestar? Nada. Sentirán gravitar sobre su espíritu la única respuesta que deberían dar: -Abandoné el Oratorio porque cometí la más fea de las culpas. Recordarán haber interrumpido sus estudios, no haber podido alcanzar lo que (**Es7.710**))
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