Regresar a Página Principal de Memorias Biográficas


((**Es6.382**) Y luego, después de exhortar a los muchachos a ser siempre leales y generosos cristianos, les dijo: ((**It6.506**)) Voy a contaros un ejemplo terrible, que tiene por testigo a todo un pueblo. Un alumno del Oratorio fue a su casa antes de las vacaciones de Pascua. Entre otras recomendaciones recibió la de santiguarse antes y después de las comidas. Este muchacho, que era estupendo, se prestó fácilmente a cumplir todas las recomendaciones, pero la última le pareció demasiado difícil ponerla en práctica en su casa, donde no había esta costumbre, y preveía que podía ser el blanco de muchas burlas. Díjole entonces don Bosco: -Por qué has de temer? Si tus parientes te ponen algún reparo, tú les dirás: estamos en tiempos de Constitución y por tanto hay libertad para todos. -Bien, haré lo que usted me dice, respondió el muchacho sonriendo y salió para su pueblo. Llegó allí, fue recibido con muchos agasajos y le comieron a preguntas, especialmente sobre lo que había aprendido en Turín. Presentóse por fin la esperada hora de cenar. Se sentaron todos a la mesa como los animales, sin levantar la mente a Dios, devorando con ojos glotones antes que con la boca lo que había sido preparado. Nuestro muchacho ruborizado, pero lleno de valor, se santiguó y rezó; después se sentó. Ante aquel acto religioso díjole un hermano suyo, bastante mayor que él: -Qué haces? Y empezó a motejarlo, disparatando contra las prácticas piadosas: -Todo eso es lo que has aprendido en Turín? íVaya! Tú que has ido a la escuela y que pretendes saber tanto, te dejas dominar todavía por esos prejuicios? Si no has aprendido más que a ser un beato, podías haberte quedado en casa. -Querido Domingo (que así se llamaba el hermano mayor), no son prejuicios, sino prácticas religiosas, que ya nos enseñaron nuestros abuelos, nuestros maestros y nuestro párroco. -Son mitos, y los mitos no sirven para nuestros tiempos; come y deja de lado esas antiguallas. -No sé dónde has aprendido esa forma de hablar. Yo encuentro que están muy en su sitio ciertos actos de piedad. El catecismo nos enseña que debemos santiguarnos antes y después de las comidas y tiene razón, porque sólo los animales comen y beben sin hacer nunca caso de su Creador. Pero nosotros no somos bestias, somos criaturas racionales, nosotros ((**It6.507**)) debemos reconocer la mano del Creador en todo, a cada momento del día y especialmente cuando vamos a recibir los alimentos que Dios nos da para conservar esta vida, que también él nos ha dado y puede arrebatarnos en cualquier momento. -Bobadas, tonterías -replicó Domingo, coreado por los demás hermanos. Pasóse después a otras cosas y por aquella noche la cosa quedó así. Pero al día siguiente sería la batalla campal. Para festejar la llegada del estudiante, la madre viuda y bastante descuidada en lo referente a religión, invitó a comer a parientes y amigos. Cuando llegó el momento de sentarse a la mesa, estaba nuestro hombre lleno de miedo y confusión, pero cuando todos:hubieron tomado su asiento alrededor de la mesa sin orar, él no quiso faltar a sus promesas. Apenas comenzó a santiguarse, estallaron por doquier las risas, burlas e insultos en vez de las felicitaciones y cumplidos de estas ocasiones. Cuando se calmó el barullo, su hermano Domingo, cabecilla del alboroto, díjole en son de burla: (**Es6.382**))
<Anterior: 6. 381><Siguiente: 6. 383>

Regresar a Página Principal de Memorias Biográficas


 

 

Copyright © 2005 dbosco.net                Web Master: Rafael Sánchez, Sitio Alojado en altaenweb.com