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((**Es5.74**) hallaban muchos enfermos, algunos de los cuales morían por falta del oportuno y necesario socorro. Les habló del hermosísimo acto de caridad que suponía dedicarse a atenderlos; de cómo el Divino Salvador aseguraba en el Evangelio que tendrá como hecho a El mismo el servicio prestado a un enfermo; de cómo en todas las epidemias había habido cristianos generosos, que desafiando a la muerte, habían estado al lado de los pacientes ayudándolos y atendiéndolos física y espiritualmente. Les dijo que el Alcalde en persona había solicitado enfermeros y asistentes; que don Bosco y ((**It5.87**)) algunos más ya se habían ofrecido y concluyó manifestando su deseo de que algunos de sus muchachos les acompañaran en aquella obra de misericordia. Las palabras de don Bosco no cayeron en el vacío. Los muchachos del Oratorio las acogieron religiosamente y se portaron como hijos de tal padre. Catorce de ellos se presentaron inmediatamente, dispuestos a secundar sus deseos, y dieron su nombre para ser inscritos en la lista de la comisión sanitaria; y, pocos días después, siguieron su ejemplo otros treinta. Si se tiene en cuenta, por una parte, el pánico que en aquellos días se enseñoreaba de los espíritus, al extremo de que muchos, sin excluir a los médicos, huían de la ciudad, y que había enfermos abandonados por sus propios parientes; y, por otra parte, la edad y la natural timidez de los muchachos en semejantes casos, no puede dejarse de admirar la noble audacia de los hijos de don Bosco, el cual se alegró tanto, que lloró de satisfacción. Con todo, antes de lanzarlos al campo de batalla, el buen padre les prescribió varias normas a seguir, a fin de que su trabajo fuera beneficioso a los enfermos física y espiritualmente, tanto para el cuerpo como para el alma. La terrible enfermedad tenía generalmente dos etapas: la caída, que, de faltar ayuda inmediata, de ordinario era mortal; y la reacción, en la que, al reactivarse la circulación de la sangre, muchos se libraban de la muerte. Por lo tanto quien atendía a un atacado debía preocuparse de vencer la violencia de la caída, provocando en él la reacción, que se conseguía con friegas moderadas y fomentos calientes en las extremidades, presas de calambres y del frío. Acerca de esto, don Bosco dio a sus jóvenes ((**It5.88**)) enfermeros útiles instrucciones y oportunos conocimientos que los convirtieron en médicos improvisados. Añadióles unas sugerencias acerca del alma, para que, por cuanto de ellos dependía, ningún enfermo llegara a morir sin los consuelos de la religión. Unos tenían que prestar sus servicios en los lazaretos, otros en las casas particulares, (**Es5.74**))
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