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((**Es5.75**) quiénes en una, quiénes en otra familia. Algunos corrían por los alrededores para enterarse de si había enfermos desconocidos; y, finalmente, otros se quedaban en casa dispuestos a acudir a la primera llamada. Apenas se supo que los muchachos del Oratorio se habían entregado al cuidado y asistencia de los apestados y que eran excelentes enfermeros, se multiplicaron de tal modo las llamadas que, a la semana, hubo que cambiar el horario establecido. Parientes, vecinos y conocidos y el mismo Ayuntamiento, todos recurrían a don Bosco, de suerte que los jóvenes estaban continuamente en movimiento. Había días en que apenas si podían tomar un bocado de pan y, a lo mejor, deprisa y en la misma casa del paciente. De noche, era un continuo ir y venir de uno que se acostaba, de otro que se levantaba; y más de una noche se la pasaron en vela, al lado de los enfermos sin punto de reposo, pero alegres y contentos. Al principio, antes de incorporarse a su caritativo quehacer, cada cual se proveía de un frasquito de vinagre, de una dosis de alcanfor o algo parecido; al volver a casa se lavaba o se perfumaba para desinfectarse; pero luego, como había que repetir esta operación tan a menudo, hubo que renunciar a ella, para no perder tiempo. Entonces ((**It5.89**)) ya no pensaban más que en sus pobres enfermos y dejaban el cuidado de sí mismo en manos de la Divina Providencia. La labor del Oratorio en aquellos momentos no fue solamente personal: aunque pobres, pudieron ayudar también materialmente a muchos. Ocurría, con frecuencia, que se encontraban con alguno sin sábanas, ni mantas, ni camisa, sin esto o aquello. Ante la falta de las cosas más necesarias, volvían a casa, exponían el caso a la buena mamá Margarita y ella, compadecida al oírles, iba a la ropería, buscaba y les entregaba lo necesario. Daba a éste una camisa, al otro una manta, a quién una sábana, a quién una toalla y así a uno tras otro. A los pocos días, ya no quedaba más que lo puesto o lo que servía para cubrirse en la cama. Llegó un día un joven enfermero contándole que uno de sus atendidos, que acababa de caer enfermo, estaba sobre una mísera yacija, sin ropa, y le pedía una tela con que cubrirlo. La caritativa mujer se puso a buscar por ver si daba con una pieza de ropa blanca; pero no encontró más que un mantel y le dijo: -Toma, es la única tela que aún me queda; a ver como te las arreglas. Y el muchacho corrió junto a su enfermo encantado de poderle cubrir con algo limpio.(**Es5.75**))
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