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((**Es5.73**) oración, la frecuencia de los sacramentos, el trabajo, y la obediencia, la caridad y el temor de Dios, alcanzaron los más altos grados de perfección. Era tal el miedo a cometer un pecado que, en cuanto uno decía una palabra o ejecutado una acción que le parecía ofensa del Señor, aunque fuera ligera, corría enseguida a confiárselo a don Bosco y pedirle el oportuno consejo y la conveniente penitencia. Sobre todo por la noche, después de las oraciones, todos le rodeaban, para expresarle sus dudas o manifestarle los pequeños fallos del día; y ocurría que el paciente sacerdote se estaba de pie una hora, y aún más, para oír a uno y a otro, tranquilizando, animando, consolando y mandando a todos a dormir contentos y satisfechos. Era un espectáculo conmovedor, el más claro indicio de la pureza de corazón que todos querían conservar. También los muchachos que sólo asistían al Oratorio festivo empezaron a llevar una vida ejemplar. Los días de fiesta acudían puntualmente a las funciones sagradas, muchos recibían los santos sacramentos y, durante la semana, daban auténtico ejemplo a quienes los veían o trataban. Entre tanto, los casos de cólera eran cada vez más frecuentes en Turín y sus arrabales. En cuanto don Bosco se enteró de que la epidemia empezó a rondar por los alrededores del Oratorio, se aprestó a asistir a las víctimas. Mamá Margarita, que en otras ocasiones había demostrado tanto miedo por la vida del hijo, en ésta manifestó que era un deber suyo desafiar el contagio. ((**It5.86**)) Al mismo tiempo, el Ayuntamiento de Turín improvisaba lazaretos donde rocoger a los contaminados, carentes de asistencia y de cuidados en su propia casa. Dos de estos hospitales de emergencia fueron instalados en el barrio de San Donato, que entonces formaba parte de la parroquia de Borgo Dora. Pero, si al Ayuntamiento de Turín le era fácil abrir lazaretos por una y otra parte, le resultaba en cambio dificilísimo encontrar personas que, ni aun bien pagadas, quisieran prestarse a atender a los enfermos allí o en las casas particulares. Hasta los más valientes temían el contagio y no querían correr el riesgo de su propia vida. Nació entonces en la mente de don Bosco una idea grandiosa: idea que le llevó a tomar una singular decisión. Después de haberse prestado durante varios días y noches a servir a los apestados, juntamente con don Víctor Alasonatti y otros sacerdotes turineses adictos al Oratorio festivo; después de haber visto con sus propios ojos la necesidad de muchos de aquellos enfermos, un día, reunió don Bosco a sus jóvenes y les dirigió unas sentidas palabras. Les describió el miserable estado en que se (**Es5.73**))
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