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((**Es5.576**) Carignano a despedirse de Montebruno; y a las seis y media de la tarde saludaba a algunos eclesiásticos distinguidos que se habían reunido en la Casa de los Artesanitos para augurarle un buen viaje. Estaba entre ellos don Luis Sturla, santo sacerdote y celosísimo apóstol de los niños, llegado poco tiempo antes de las misiones de Adén, en Arabia. Los mismos muchachos de aquel centro, seducidos por las buenas palabras de don Bosco y por el plato de carne que a sus expensas había hecho añadir a la comida ordinaria, se habían hecho sus amigos. Parecía que les apenara verle partir. Algunos lo acompañaron hasta el mar y, saltando con destreza a una barca, le llevaron remando hasta el barco. El viento era muy fuerte: nuestros dos viajeros, no avezados al mar, temían volcar a cada oleada, y los jóvenes reían. En veinte minutos, don Bosco y Miguel Rúa llegaban al barco. Subieron a bordo. Llevaron sus equipajes al camarote y se sentaron los dos en silencio para descansar de las sacudidas de la barca, mirando con curiosidad aquel sitio en el que se encontraban por vez primera. Esta espera trajo sus inconvenientes. Habían llegado en el preciso momento en que los viajeros cenaban y, desconocedores de las costumbres del barco, no fueron con los demás. Cuando preguntaron si podían ((**It5.812**)) cenar, les respondieron que ya se habían levantado las mesas. Así que el clérigo Rúa tuvo que cenar una manzana, un bollo y un vaso de vino; don Bosco comió también un pedazo de pan y bebió un sorbo de aquel vino. Después de aquella cena subieron al puente para hacerse una idea del Aventino. Era una de las naves mayores del puerto. Salía de Marsella, pasaba por Génova, Livorno, Civitavecchia, Nápoles, Mesina y llegaba a Malta. Y tocando los mismos puertos volvía a Marsella. Mientras tanto, ya habían preparado a nuestros dos viajeros sus respectivas literas en el camarote. Eran las diez, cuando se levaron anclas y el barco, movido por la máquina y un viento favorable, comenzó a deslizarse velozmente hacia Livorno. Ya en alta mar, don Bosco se mareó con el movimiento del barco, y el mareo le duró casi dos días. Lo único que le alivió un poco fue echarse en cama y estar, cuando el estómago se lo permitía, tumbado y estirado. Pero la primera noche aquella incomodidad le postró de tal forma que no podía aguantar ni en cama ni fuera de ella; bajó de la litera para ver si el clérigo Rúa andaba con las mismas. Pero el buen hijo, que no había sufrido el menor fastidio, salvo un poco de debilidad, (**Es5.576**))
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