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((**Es5.123**) Todos sus escritos son un modelo de suma delicadeza a este respecto, verdadero y terso reflejo de su alma. <>. Un día conversaba don Miguel Angel Chiattelino con don Bosco, su confidente y consejero. El buen sacerdote estaba preocupado con graves escrúpulos, después de haber confesado, por si no había hecho las preguntas necesarias para asegurar la integridad del sacramento. Entonces, don Bosco, para tranquilizarlo, le cóntó que habiendo ido él a confesarse con un sacerdote, ((**It5.159**)) novato en el sagrado ministerio, al ser preguntado sobre ciertas faltas, le respondió que, por la gracia de Dios, nunca las había cometido. ->>Y tal cosa? -No, señor, nunca; el Señor me ha ayudado siempre. ->>Y tal otra? -Tampoco, gracias a Dios. Y agregaba don Bosco que aquel confesor parecía quedarse en ayunas y como si temiera que su penitente no era sincero. Luego aconsejaba a don Miguel Angel que, cuando se presume que una persona está suficientemente instruida en sus deberes, es una regla segura de prudencia que el confesor acepte la acusación tal y como se la hacen, y no se preocupe ni preocupe al penitente. Por tanto, se persuadiese de que sus temores no eran más que fantasías. Don Miguel Angel Chiattelino añadía cuando nos contaba este hecho: -Al oír estas palabas de don Bosco, y juntarlas con otras que recordaba se le habían escapado una vez, al dar un consejo importante, me persuadí de que don Bosco no había caído nunca en culpa grave. También don Ascanio Savio, que estudió a don Bosco desde el principio y durante más de cuarenta años, aseguraba estar convencido de que nunca había perdido la inocencia bautismal, y que compartían su opinión otros antiguos alumnos sacerdotes. Don Bosco dejaba que los hombres le besaran la mano y nos decía (**Es5.123**))
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