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((**Es2.235**) pena y de disgusto, pues los jóvenes estimaban aquel lugar como si fuera suyo; pero él dilató su ánimo con buenas palabras, les tranquilizó y les invitó a ir por la tarde para ayudarle a trasladar hasta la nueva iglesia los objetos del culto y de los juegos. Todos llegaron puntuales. El teólogo Borel les dirigió unas palabras de despedida: -El lugar que vamos a abandonar debe ser para nosotros como la posada, donde el caminante descansa durante el viaje y de donde sale ((**It2.305**)) de buena mañana para seguir su camino. Así que, íánimo y... en marcha! Seguid acudiendo asiduamente a vuestro Oratorio en su errante e incierto viaje... No os canséis... La Providencia encontrará para el Oratorio una morada estable. Pero, antes, toca a vosotros darle una morada fija en vuestros corazones, a cubierto de todas las vicisitudes... Amad y practicad las oraciones de la mañana y de la noche, amad y frecuentad el catecismo, asistid siempre a la santa misa los domingos... Id de buena gana a confesaros bien y a comulgar. íHuid de los blasfemos, de los escandalosos, de los mal hablados, de los que se burlen de vosotros para alejaros de la Iglesia! De este modo, el Oratorio estará siempre en vuestro corazón. De acuerdo? íAdiós, amigos míos! El teólogo Borel estaba profundamente conmovido. Después de una breve pausa, exclamó con voz potente: -Pero, antes, demos gracias al Señor que nos ha preparado en los Molinos un nuevo lugar. íTe Deum laudamus! Y se calló. A una señal de don Bosco se produjo un alboroto indescriptible y divertidísimo. Uno agarraba un taburete, otro un reclinatorio; éste se cargaba al hombro una silla, aquél un cuadro; otro llevaba un candelero, otro la cruz. Quien aguantaba bajo el brazo los ornamentos y quien sostenía en la mano las vinajeras o una estatuita. Don Bosco, en medio de la confusión, atendía a que dejaran las cosas que juzgara inútiles para el nuevo oratorio y las mandaba llevar a su habitación. Los más alegres llevaban los zancos, las bolsas de bochas y demás juegos. Todos estaban ansiosos por ver las novedades del lugar que les esperaba. Y en larga fila, como en una emigración popular, fueron a plantar sus tiendas y establecer su cuartel general en los Molinos. Al ruido y a la vista de tanto muchacho, la gente de los contornos, llena de curiosidad, salía a la puerta de su casa, se asomaba a las ventanas y preguntaba qué era aquello y a dónde ((**It2.306**)) iban. Esto sirvió admirablemente para dar a conocer el Oratorio por el barrio y atraer a otros muchos chiquillos de la ciudad. Al llegar al lugar, dejaron todo en la habitación alquilada y entraron (**Es2.235**))
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