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((**Es2.202**) hacía consistir su principal medio de educación, después de haber instruido a sus alumnos convenientemente para purificarse con el sacramento de la penitencia. Así lograba mantenerlos alejados del vicio y del pecado. El mismo Jesucristo, dignamente recibido, sellaba en sus corazones las lecciones que oían del buen sacerdote, que dirigía hacia El el afecto que le profesaban. Esta era la causa principal del ascendiente que don Bosco tenía sobre la juventud, en la que, de este modo, conseguía fácilmente inculcar las buenas costumbres y la docilidad. En medio de estos consuelos espirituales alcanzados por don Bosco, empezó a buscar los medios económicos para sostener su Oratorio. Tal vez fue don Cafasso quien se lo propuso, para ejercitarle en una empresa tan difícil, aun estando dispuesto a ayudarle en los casos extremos. A don Bosco le repugnaba extraordinariamente acudir a las familias pudientes a pedirles socorro y exponerse a recibir una negativa. No era costumbre de los sacerdotes de Turín ir a pedir limosna por las casas, ((**It2.260**)) ya que las antiguas obras piadosas florecían gracias a la abundancia de sus rentas. El mismo Cottolengo esperaba los socorros en casa, no iba a buscarlos. Sin embargo, don Bosco se humilló, se hizo generosa violencia durante toda su vida para secundar la voluntad de Dios. Y el Señor le facilitaba la marcha por un camino tan espinoso como éste. El teólogo Borel, persuadido de que su empresa era evidentemente obra de la divina Providencia, le animaba y le ayudaba, en la medida que se lo permitían sus ocupaciones. Así se lo dijo él mismo a don Rúa y, más tarde, hacia 1870, a don Pablo Albera: -Al llegar don Bosco a Turín, parecía tímido y reservado, especialmente cuando tuvo que resolverse a postular para su Oratorio. Basta recordar la historia de las primeras trescientas liras que llevó a su casa. Visitaba yo con frecuencia a la noble y rica familia del caballero Gonella: les manifesté la bondad del joven sacerdote don Bosco, el bien que hacía y el que llegaría a hacer; les exhorté a que fueran generosos con él y prometí que se lo enviaría para hacerles una visita y tuvieran ocasión de conocerle y apreciar su labor. Hice luego a don Bosco el elogio de aquellos señores, le expuse su caridad y le propuse que fuera a visitarles. Titubeaba don Bosco, alegando que aquellas personas le eran totalmente desconocidas; pero, al fin, se rindió y fue a verlas. Le recibieron muy bien y, después de un breve coloquio, se ganó el aprecio y la admiración de aquellos señores: al despedirle, le entregaron trescientas liras para sus muchachos. Sin que don Bosco lo supiera, hice de precursor alguna otra vez, y muy (**Es2.202**))
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