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((**Es2.183**) bellota? En cambio, ahí están esas calabaceras, tan feas y tan pequeñas, que íni se tienen derechas! por qué les ha dado Dios un fruto tan grande? íQué bonito sería que las gordas calabazas colgaran de las ramas de la encina! ícontemplar por doquiera una encina cargada ((**It2.231**)) con cientos de calabazas! Y con estos pensamientos se durmió. Pero he aquí, que al soplo de un ligero viento, cayó una bellota sobra la nariz del viajero y lo despertó. -íAh, Señor, exclamó aquel hombre poniéndose en pie y palpándose la nariz que le dolía, qué bien habéis hecho dando a estos árboles tan altos un fruto tan pequeño; de haber sido una calabaza la que me hubiera caido encima desde tan alto, me habría roto la cabeza y estaría ya en el otro mundo! >>-Quería, otra vez, dejar bien impreso en mis oyentes la locura del que se ensoberbece y se vanagloria: cómo hacerlo? Si hubiera presentado todos los textos de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres, los jovencitos no hubieran hecho mucho caso: se hubieran aburrido y en seguida hubieran olvidado la lección. Les conté, en cambio, con muchos detalles y circunstancias inventadas por mi, aquella fábula de Esopo de la rana que, queriendo ponerse tan gorda como un buey, engordó tanto que, al fin, reventó. Les describí que esto había sucedido cerca del monte Valentino 1, añadí mil diversas circunstancias ridículas, hice hablar a la rana con otras ranas para hacer resaltar algunos puntos morales. El resultado me pareció extraordinario y, sin embargo, qué más trivial que esta narración?>>. Esto decía don Bosco, el cual no predicaba a la buena de Dios como alguien podría suponer para excusar su propia pereza; él sacaba sus argumentos de los tesoros de las ciencias sagradas, que conocía ampliamente, y cuidaba el orden lógico y oratorio con el que llegó a ser un predicador eficaz, lo mismo para personas ignorantes que instruidas, es que no se predicaba a sí mismo, sino a nuestro Señor Jesucristo. Dice el Eclesiástico: <((**It2.232**)) dignos de fe. El varón sabio enseña a su pueblo y los frutos de su inteligencia son dignos de fe. El varón sabio es colmado de bendiciones; y le llaman feliz todos los que le ven... y su nombre vivirá por los siglos2. 1 Es el Valentino, un parque público al borde del Po, a los pies del montículo, conocido con el nombre de Monte de los Capuchinos. (N. del T.) 2 Eclesiástico, XXXVII, 23, 24, 26. (**Es2.183**))
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