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((**Es19.231**) encargados de presentar los donativos rituales. Consisten éstos en cinco gruesas velas de cera virgen, adornadas con el escudo papal, dos grandes panes, un barrilito de vino y otro de agua, dos jaulas doradas con dos tórtolas en la primera y dos palomas en la segunda, y una tercera plateada con unos lindos pajaritos. Formando un pequeño cortejo se acercaron al trono todos los mencionados, mientras la Capilla interpretaba un precioso Oremus pro Pontifice nostro Pio, de Perosi. Las ofrendas fueron presentadas al Papa por manos de los tres Purpurados. Naturalmente son donativos simbólicos. Las siete velas simbolizan los Santos, verdaderas lámparas del Santuario, que iluminan el mundo con el esplendor de sus virtudes; los panes recuerdan ((**It19.276**)) la Eucaristía, el vino simboliza el calor de la caridad, el agua rememora las tribulaciones que afligen la vida de los justos, y los volátiles representan algunos requisitos de la santidad: las tórtolas la pureza del corazón, las palomas la fidelidad a Dios, los pajaritos el desprendimiento de los bienes de la tierra con las alas de las esperanzas celestiales. Después de las oblaciones, volvieron los oferentes cerca del altar, mientras el cortejo papal acompañaba de nuevo al Pontífice para proseguir la Misa. Al Prefacio los dos Cardenales más jóvenes del orden presbiteral, los Eminentísimos Serafini y Dolci, subieron las gradas del altar y se colocaron a los lados del mismo hasta el Pater noster, para figurar a los dos Angeles que aparecieron sobre el sepulcro del Señor al anunciar la gloriosa Resurrección. Fue un momento sublime el de la Consagración. Cuando los cantores acabaron el Sanctus, se oyeron las secas órdenes de <<íatención!>> a los del pelotón de la Guardia Noble formados a los lados del altar y a las otras secciones armadas distribuidas por la iglesia; resonaron agudos toques de trompeta en la plaza, que daban el mismo aviso a las tropas vaticanas e italianas allí dispuestas. Los altavoces difundían en tanto la melodía incomparable del Largo de Silveri, que tocaban las trompas de plata. Mientras el Papa se disponía a proferir las palabras sacramentales, la Guardia Noble se hincó de rodillas. Prodújose entonces un hecho de inexplicable grandeza: todo el pueblo prosternado y absorto en un idéntico pensamiento de fe adoraba en silencio tan absoluto, que el espíritu casi se sentía oprimido: todas las miradas estaban fijas en el altar; el clero oficiante y asistente estaba unido en oración al papa. El Vicario de Cristo se inclinó dos veces sobre la mesa y consagró primero el pan, después el vino; elevó a lo alto la Hostia, elevó el Cáliz, volviéndose a la derecha y a la izquierda para presentarlos a la adoración de los fieles. La inmensa multitud siguió (**Es19.231**))
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