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((**Es19.101**) también en estos casos en una gran satisfacción y en un gran consuelo. Y, además, debemos añadir que es precisamente esta confianza inmensa, inagotable, elevada hasta la grandeza de un continuo milagro moral, la que ha dejado un día a sus hijos y ahora, puede muy bien decirse, a todo el mundo católico, el Ven. don Juan Bosco. Basta comparar los humildes principios de su obra con los esplendores que ésta nos ofrece hoy; basta reflexionar en las dificultades de todo género, material y moral, por parte de los enemigos y a veces también de los amigos; en las infinitas dificultades que debió superar y después en la magnificencia y en la elegancia del triunfo mundial, aun en vida, para comprender lo mucho que puede la confianza en Dios, la confianza en la fidelidad de Dios, cuando una alma sabe decir verdaderamente: scio cui credidi. Es ésta precisamente la impresión que todavía tenemos viva en el alma y que conseguimos en nuestros años jóvenes con el conocimiento que, por la divina Bondad y disposición, pudimos tener del Ven. Siervo de Dios, un hombre que siempre, entonces y ahora, pareció invencible, insuperable, precisamente porque se apoyaba firmemente, sólidamente en una confianza plena, absoluta en la divina fidelidad. También hemos señalado la insuperable sabiduría de esta gran Madre y Maestra que es la Iglesia, porque es ella la que viene como Madre benigna, agradecida al hijo que la ha glorificado, a colocar esta gran corona del proclamado martirio sobre la tumba de Cosme de Carboniano; ella, la gran maestra que viene a proponerlo a la admiración e imitación de todos. Es éste un gran honor, un gran gesto de la Iglesia, pero muy real y sapientemente proporcionado a la grandeza del mérito. La Iglesia es sapiente cuando, al tratarse de un mártir, no busca más: dixi martyrem, satis est. Una vez reconocido el martirio, no se necesitan milagros, porque basta lo que la miseria humana ha sabido producir, con ayuda de la gracia divina. Y la Iglesia, gloriosa en su sabiduría, se conforma también con esta sobriedad de exigencias que para otros héroes de la santidad, como se acaba de oír para don Bosco, es tan escrupulosa inquisidora, no sólo de la verdad, ((**It19.113**)) sino también de las pruebas de la verdad discutida, controlada, demostrada no con alguna certeza, sino con plena y jurídica certeza, y llena también de pruebas. En cambio, ante el martirio, basta la constancia de éste, porque la Iglesia, en su sabiduría, sabe que el martirio es algo grande y extraordinario. Ya se dijo, con palabra verdaderamente digna del genio, que la debilidad humana, y la misma grandeza humana no podría, no podrá jamás hacer un gesto más fastuoso que el de que un pobre hombre se envuelva en la púrpura de la propia sangre y se asiente de este modo como testigo, defensor, campeón de la verdad y de la justicia, de aquella verdad y de aquella justicia que lo juzga todo y lo mide todo y de la que surge el mártir en defensa y confirmación. Este es el magnífico espectáculo que nos da el humilde sacerdote armenio. Pero se diría que esta Madre santa, la Iglesia, demostrase menos sabiduría al proponer tal grandeza y fastuosidad de cosas a la imitación. >>Cómo proponer cosas tan grandes y heroicas a la imitación común? Y, sin embargo, la Iglesia sabe, que estos ejemplos son suficientes, en el momento necesario, para suscitar héroes, toda una multitud de héroes, una verdadera multitud de elegidos: palabras que podrían parecer una contradicción de términos, pero que se corresponden perfectamente con la realidad, con aquella realidad, que es una de las pruebas más divinamente espléndidas en la historia de la santidad de la Iglesia. Pero hay también otra imitación que la sabiduría de la Iglesia Madre sugiere al proponer los mártires a la imitación de los fieles; porque no solamente existe el martirio cruento de la sangre, sino también el martirio incruento; más aún, hay una (**Es19.101**))
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