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((**Es16.297**) Había quedado sin respuesta la carta del día catorce de agosto, dirigida por don Bosco a la Coridesa. El Siervo de Dios dejó pasar mes y medio y, después, escribió o mandó escribir al abate Curé, poniendo en la carta palabras de consuelo para la viuda. Su respuesta no se hizo esperar. El contenido del escrito es una prueba más de la santa impresión, que don Bosco dejó de sí mismo en Frohsdorf y nos descubre, además, los saludables efectos producidos por su visita en el alma del enfermo, cuyo provecho espiritual tuvo sin duda don Bosco por mira en primerísimo lugar. ((**It16.352**)) Reverendo y querido don Bosco: Estoy segura de que, en su eximia bondad y caridad, me habrá perdonado que no haya respondido a la preciosa carta que me escribió el día catorce de agosto, mientras, todavía palpitando, asistía a mi querido ángel, que ya está en el paraíso. Pero, ni entonces ni después pude escribir hasta hoy; primero, porque estaba abrumada de dolor y cansancio, y, después, porque era víctima de una de mis fuertes crisis catarrales, de la que gracias a Dios me voy reponiendo. Hoy he leído la comovedora carta que dictó para el abate Curé y en la que me hace decir muchas cosas preciosas, que le aseguro llegaron derechas a mi corazón, porque sus palabras son totalmente el eco de mis propios pensamientos, de lo que siento y de lo que siempre digo. íEstoy tan segura de que mi ángel está en el Paraíso! Murió como un santo, con la tranquilidad envidiable de un patriarca, sin contraer ni un rasgo de su bella y querida fisonomía, y siempre rezando y unido con Dios, que se lo llevó, sin duda, en un instante feliz. Desde que usted lo dejó, nunca soltó una queja, nunca una impaciencia, siempre ofreciendo a Dios sus dolores en unión con la pasión de N. S. J. C. y agradeciéndole que le hiciese sufrir todavía en este mundo. íEn una palabra, tuvo una muerte envidiable y, al sufrir a su lado, me parecía tener que morir con él! íY este sentimiento que Dios ponía en mi corazón y que era como una esperanza de que así sería, me ayudó a tener la fuerza necesaria para hacerlo todo hasta lo último con un valor, que sólo el Señor podía darme! Y en el momento en que Dios se lo llevó y me dejó aquí sola, ííay Dios mío!!... Pero Dios me lo había dado y conservado para mi inmensa felicidad y consuelo durante treinta y siete años de Paraíso terrenal. Dios me lo quitó, íhágase su Santa Voluntad, bendita sea! Que Dios me ayude ahora a ser totalmente suya, y a poder ver en su día y cuando a Dios plazca, que también ha llegado para mí aquel buen momento, el único esencial, de poder juntarme con mi querido ángel para alabar después con él eternamente a Dios. Le agradezco en cuanto sé y puedo sus oraciones por mí y no le faltarán las pobres mías. Créame siempre su agradecidísima y afectísima, Frohsdorf, 14 de octubre de 1883. MARIA TERESA Los sentimientos de veneración por don Bosco se mantuvieron vivos en la Condesa; nos da fe de ello una carta de marzo de 1885. Por lo que se transparenta en esta misma carta, es probable que don Juan (**Es16.297**))
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