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((**Es15.276**) Hecha casi pública la noticia de la intervención de don Bosco en el famoso proyecto, los opositores no le dejaban en paz, sobre todo los dos sacerdotes, que iban cada día a proponerle modificaciones o añadiduras al proyecto. íCuánto tiempo le hicieron perder! Pero no entraba en sus cabezas lo razonable de sus miras. Tanta importunidad acabó por cansar a don Bosco, que concluyó por decirles que, si querían ellos hacer sus veces, lo hicieran, que él ya tenía demasiadas cosas entre manos; que había aceptado aquel encargo, no porque tuviera especial gusto en ello, sino por secundar los deseos del Rey. Satisfechos de que don Bosco rindiera las armas, los dos importunos le preguntaron si estaría dispuesto a secundar sus planes y ayudarlos. Respondió que sí, pero no aparecieron más por allí, y, dando de lado a don Bosco, pusiéronse ellos a la cabeza de la empresa. Pero les faltaban dos cosas: el ingenio de don Bosco y la confianza de quien debía suministrar el dinero para la lotería. Y después, propalados de aquel modo los trámites, el Rey y Correnti estimaron prudente no insistirle más. Así se esfumó el bonito plan del Siervo de Dios, y la construcción del hospital no sólo consumió los ingresos de la Orden, sino que desequilibró en parte sus recursos. El 11 de noviembre se debía proceder a la ceremonia de la colocación de la primera piedra con asistencia del Rey. Su Majestad deseaba ((**It15.314**)) mucho ver a don Bosco. Por ello, quería a toda costa Correnti que don Bosco actuara en aquella función, pero éste insistió tanto que, venciendo sus repugnancias, lo persuadió de que convenía pasar por encima de las propias antipatías e invitar al Arzobispo. Entonces Correnti, esperando poderlo presentar al Rey en aquella ocasión, fue expresamente al Oratorio y no quiso marcharse hasta que no arrancó al Beato promesa formal de asistir. Pero la promesa estaba condicionada a que, si como se decía, acudía a la ceremonia Baccelli, ministro de Instrucción Pública, en representación del Gobierno, no pronunciase ningún discurso. Porque, en efecto, era de esperar que, hablando, se permitiera retóricas anticlericales y antipapales que repugnaban a don Bosco, sobre todo en quien había sido súbdito pontificio y profesor de la Universidad pontificia de la Sabiduría. No resulta fácil para nosotros entender hoy cuánto pudiera comprometer antaño ante los católicos el contacto de un eclesiástico con tales hombres, cuando perduraba punzante en los espíritus el dolor de la cuestión romana. A don Bosco se le aseguró que Baccelli no iría a Turín, y, en efecto, pese a que se afirmaba hasta el último día que llegaría, Baccelli no se movió de Roma 1. 1 L'Unit… Cattolica del 11 de noviembre, en un artículo sobre la inminente ceremonia, (**Es15.276**))
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