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((**Es14.439**) nuevo a la virtud. Haciendo así, veréis dar fruto a vuestro ministerio, cooperaréis a formar buenos cristianos, buenas familias, buenos pueblos y levantaréis para el presente y para el porvenir un dique contra la irreligión y el vicio desbordante. Mas, para triunfar con los jovencitos, proponeos firmemente tratarlos con buenos modos; haced que os amen y no os teman; decidles y convencedles que lo que deseáis es la salvación de sus almas; corregid con paciencia y caridad sus defectos; sobre todo, absteneos de pegarles; en fin, industriaos para lograr que, cuando os vean, corran hacia vosotros y no escapen, como hacen por desgracia en muchos pueblos y las más de las veces tienen motivo para ello, porque temen los golpes. Tal vez os parezca que, para algunos, todo cuidado y trabajo es perder el tiempo y resulta inútil vuestro sudor. De momento quizá sea así, pero no siempre, ni siquiera para los que os parecen más reacios. Las buenas máximas con las que oportuna e inoportunamente los habéis empapado, los rasgos de amabilidad que habéis tenido con ellos, quedarán grabados en su mente y en su corazón. Tiempo vendrá, en que la buena semilla germinará, echará sus flores y producirá sus frutos. Para confirmároslo, os contaré un hecho que me sucedió hace pocas semanas. A primeros de este mes, vióse merodear alrededor de la iglesia de María Auxiliadora y de la tapia del Oratorio a un militar que era capitán. Buscaba con sus ojos un lugar que había cambiado de aspecto. Después de inútiles pesquisas, preguntó a uno de los nuestros que entraba en casa: -Por favor, >>sabría decirme dónde está el Oratorio de don Bosco. -Aquí lo tiene, señor. ->>Es posible? En otro tiempo aquí había un campo, allí una casucha que amenazaba ruina; la iglesia era una mísera capilla que desde fuera ni se veía. -He oído contar muchas veces que las cosas estaban precisamente como usted dice; pero yo no tuve la suerte de verlas. Lo que le puedo asegurar es que éste es el Oratorio llamado de San Francisco de Sales o como usted ((**It14.514**)) dice, el Oratorio de don Bosco. Si usted quiere entrar, hágalo con toda libertad. El capitán entró, examinó la casa por un lado y por otro y, después, maravillado, preguntó: ->>Y dónde tiene don Bosco su habitación? -Allá arriba. ->>Se le podría hablar? -Creo que sí. Le acompañaron y se presentó. Nada más verme, exclamó: -Don Bosco, >>me conoce todavía? -No recuerdo haberle visto nunca. -Y, sin embargo, me vio, me habló, trató conmigo muchas veces. >>No se acuerda de un tal V..., que por los años 1847, 1848 y 1849 le dio tantas molestias y fastidios, le hizo repetir tantas veces ísilencio! en la iglesia; que durante el catecismo le tenía siempre a su lado para que no molestase a los compañeros y que, a duras penas, iba a confesarse? -íVaya si me acuerdo! Recuerdo también que, a menudo, al oír el toque de la campanilla para ir a la iglesia, él entraba por una puerta y salía por la otra, obligando a don Bosco a correr tras él. -Pues bien, yo soy precisamente aquél. Me contó después las principales vicisitudes de los casi treinta años que han transcurrido desde 1850 hasta ahora, y me dijo: -Pero yo nunca he olvidado ni a don Bosco ni a su Oratorio; he llegado hace (**Es14.439**))
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