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((**Es12.496**) interior que reinaba en sus espíritus. Me miraban con una dulce sonrisa en sus labios y parecía como si quisieran hablar, pero permanecieron en silencio. ((**It12.588**)) Domingo Savio se adelantó solo, dando unos pasos hacía mí, y se detuvo tan cerca de donde yo estaba que si hubiese extendido la mano, ciertamente le habría tocado. Callaba y me miraba también él sonriente. íQué hermoso estaba! Su vestido era realmente singular. Caíale hasta los pies una túnica blanquísima cuajada de diamantes y toda ella tejida de oro. Ceñía su cintura con una amplia faja roja recamada de tal modo de piedras preciosas que las unas casi tocaban a las otras, entrelazándose en un dibujo tan maravilloso que ofrecían una belleza tal de colorido que yo, al contemplarla, me sentía lleno de admiración. Pendíale del cuello un collar de peregrinas flores, no naturales, las hojas parecían de diamantes unidas entre sí sobre tallos de oro y así todo lo demás. Estas flores refulgían con una luz sobrehumana más viva que la del sol, que en aquel instante brillaba en todo su esplendor primaveral, proyectando sus rayos sobre aquel rostro cándido y rubicundo de una manera indescriptible e iluminándolo de tal forma que no era posible distinguir cada uno de sus rasgos. Llevaba sobre la cabeza una corona de rosas; caíale sobre los hombros en ondulantes bucles la hermosa cabellera, dándole un aire tan bello, tan amable, tan encantador, que parecía... parecía íun ángel! Parecía que don Bosco al pronunciar estas últimas palabras hacía esfuerzos por encontrar expresiones adecuadas; y las concluyó con un gesto indescriptible y un tono de voz que estremeció a todos, cual uno que esté rendido por el esfuerzo hecho para encontrar los términos adecuados para expresar plenamente su idea. Después de breve pausa siguió: No menos resplandecientes de luz estaban los que le acompañaban. Vestían todos de diversa manera, pero siempre bellísima; más o menos rica; quién de una forma, quién de otra, y cada una de aquellas vestiduras tenía un significado que nadie sabría comprender. Pero todos llevaban la cintura ceñida por una faja roja igual a la que llevaba Domingo. Yo seguía contemplando absorto todo aquello y pensaba: ->>Qué significa esto?... >>Cómo he venido a parar a este sitio? Y no sabía explicarme dónde me encontraba. Fuera de mí, tembloroso por la reverencia que aquello me inspiraba, no me atrevía a decir palabra. También los demás continuaban silenciosos. Finalmente, Domingo despegó los labios para decir: ->>Por qué estás aquí mudo y como anodadado? >>No eres el hombre que en otro tiempo de nada se amedrentaba, que arrostraba intrépido las calumnias, las persecuciones, las maquinaciones de los enemigos, y las angustias y los peligros de toda suerte? >>Dónde está tu valor? >>Por qué no hablas? Y contesté a duras penas, balbuceando las palabras: -Yo no sé qué decir... Pero, >>no eres tú Domingo Savio? ((**It12.589**)) -Sí, lo soy, >>ya no me reconoces? ->>Y cómo te encuentras aquí?, añadí confuso. Domingo entonces, afectuosamente me dijo: (**Es12.496**))
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