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((**Es12.385**) trabas a nuestro mayor bien, no hemos de escucharlos, ni siquiera mirarlos; antes, al contrario, llega a decir, odiarlos. Es preciso, pues, que nos separemos de ellos completamente, desde el momento en que Dios nos hizo el gran favor de llamarnos para seguirle. Además, al hacer los votos, nos hemos separado de ellos para unirnos en un modo particular a Dios; >>por qué, pues, volver de nuevo al peligro de separarnos de Dios yendo a oír sus miserias, sus necesidades o sus apetencias? Hasta ahora no he encontrado ni uno sólo que, habiendo ido a pasar las vacaciones con los suyos, pudiese decir a la vuelta: -íCuánto bien han reportado a mi alma estas vacaciones, esta visita a los míos! ((**It12.453**)) -Os lo aseguro, ni uno solo hasta ahora, en tantos años, fue a echar raíces de profundas virtudes en vacaciones con sus padres; es más, ni uno solo todavía, a quien las vacaciones hayan acarreado algún bien; yendo a casa no se adquiere nada bueno, aun cuando se vaya a casa con las mejores intenciones. Os contaré un hecho que me ocurrió a mí mismo, no ha mucho. Un buen muchacho me pidió ir a pasar en su casa algún tiempo. -Voy a casa, decía, despierto en mi hermano el deseo de pertenecer a la Congregación, conduzco a mi hermana a Mornese, y así toda mi familia acabará bajo el manto de María Auxiliadora. Yo, que conocía el carácter inconstante de aquel muchacho, trataba de disuadirlo; pero él quiso ir. Esperé inútilmente su regreso, hasta que encontré a un compañero suyo, le pregunté por él y me contestó que llevaba una vida ociosa en su pueblo y ya no pensaba volver. Le encargué que le saludara y le dijera varias cosas de mi parte. Al poco tiempo me llegó una carta, que aún conservo. Me decía en ella: -Por lo que se me hacía creer en el Oratorio, toda la gente que se encuentra en el mundo, tenía que ser perversa. Ahora he visto que las cosas son muy otras. Hay gente buena por todas partes, y veo que también aquí puedo vivir como buen cristiano, y al mismo tiempo espero que podré ayudar a mis padres. Creo que aquí estoy bien y no pienso volver al Oratorio. Yo lloraba por la suerte de aquel querido muchacho, porque era uno de los más ejemplares del Oratorio, y recuerdo haberlo propuesto más de una vez como modelo a los otros, y les decía: -Si queréis hacer las cosas verdaderamente bien, haced como hace fulano. Y me refería a él. La carta que me escribió encerraba ya mucha malicia, porque después de tantos beneficios como recibió durante varios años, no tiene ni una palabra de gratitud y agradecimiento y se despedía tan secamente del Oratorio sin saludar a ninguno. Tenía yo, pues, fundados temores por él. Hace poco me ha sucedido que lo encontré por casualidad en un lugar, de donde no podía evadirse, y aunque buscaba todas las maneras de escapar a mi vista, quise sin embargo hablarle. Acabó por decirme claramente: ->>Qué quiere usted? He cambiado totalmente de parecer. Ha pasado el tiempo en que besaba la mano a los curas. Insistí preguntándole si, por lo menos, había cumplido con Pascua, y me contestó que no. Le pregunté si podía vivir así tranquilo, o si más bien estaba atormentado por los remordimientos... Me puso muy mala cara y acabó diciéndome: -Déjelo, no estamos de acuerdo. íBuenos días! Vaya usted a sus quehaceres que yo voy a los míos. Y a pesar de mis esfuerzos por entretenerlo todavía, se marchó. Aquel paisano suyo me dijo después que anduvo muy alterado unos días, y que le había dicho: -í Maldito el día que me encontré con don Bosco! Porque había despertado en su corazón la más terrible de las batallas, trayendo a (**Es12.385**))
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