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((**Es9.561**) El corazón del joven quedó ligado para siempre a don Bosco, y se ratificó en él la vocación al estado religioso. Otro hecho, que demuestra la caridad de don Bosco, nos los cuenta el salesiano don Antonio Aime: Era el año 1877. En el Oratorio se celebraba con gran fervor el mes de marzo en honor del Patriarca San José. A mediados de dicho mes recibí una carta de mi hermana en la que me decía que no podía seguir pagando mi pensión y mis gastos en el Oratorio y, por tanto, que debía volver al pueblo para empezar otra carrera; tanto más que el Prefecto le había escrito diciendo que, si no pagaba, me enviaría a casa. No puedo explicar la angustia que experimentó mi corazón todo aquel día, por la noche y a la mañana siguiente. Lloré y recé para que el Señor me inspirase lo que debía hacer. Al día siguiente me sentí inspirado para recurrir a san ((**It9.627**)) José; acudí a él, me postré a los pies de su altar, le ofrecí las oraciones de mis compañeros tan buenos y fervorosos y permanecí durante largo tiempo, como esperando una respuesta. Me levanté y salí de la iglesia con los párpados enrojecidos de tanto llorar. A la puerta de la sacristía me encontré con el sacerdote don Joaquín Berto, quien, al verme tan triste y desconsolado, quiso a toda costa que le dijera la causa. Como no me dejaba hablar la emoción, le entregué la carta de mi hermana, la factura y la carta del Prefecto. La leyó don Joaquín y me dijo: -Tranquilo, tranquilo, ven conmigo; don Bosco lo arreglará todo. Me llevó a la habitación del amado Padre y le entregó los documentos indicados. Don Bosco los leyó atentamente, después, sonriendo, me mandó sentar en el sofá junto a su mesa y, sacando del cajón una tabaquera de rapé, quiso que tomara un poquito. Cuando me vio estornudar estrepitosamente se echó a reír de tal modo que también yo me puse a reír con él. Entonces, el buen Padre me dijo: -Ahora estoy contento, porque te veo alegre. Vete enseguida al señor Prefecto y dile que don Bosco se encarga de pagar tus deudas pasadas, presentes y futuras y, por tanto, que, de ahora en adelante, me presente siempre a mí tus cuentas. Dejo... que imagine cada cual mi alegría y el agradecimiento que a partir de aquel momento sentí en mi corazón al gran Patriarca San Jose y a nuestro amado Padre don Bosco. Desde aquel día me sentí salesiano y con la gracia de Dios espero morir en nuestra amada Congregación. A fines de abril aconteció un hecho desagradable que nos parece no debemos pasar en silencio. No se podría tener una idea justa de la lucha sostenida por la naciente Pía Sociedad, si se callaran ciertos episodios. Había ido el arzobispo monseñor Riccardi a administrar la Confimación en None, patria chica de don Pablo Albera. El párroco, teólogo Abrate, había reunido a los sacerdotes de su parroquia y a muchos párrocos circunvecinos: y con ellos al teólogo Borel y a don Pablo Albera, salesiano, a quien él había ayudado. Don Pablo Albera, para dar gusto al Párroco, que agradeció mucho la idea, leyó una poesía al Arzobispo, el cual ni siquiera le dirigió la mirada, de (**Es9.561**))
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