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((**Es9.164**) -Estos, me dijo el guía, son y serán aquellos que, mediante tus solícitos cuidados, producen y producirán buenos frutos, los que practican la virtud y te proporcionarán muchos consuelos. Yo me alegré, pero al mismo tiempo me sentí un poco afligido, porque dichos jóvenes no eran tantos como yo esperaba. Mientras los contemplaba sonó la campana para el almuerzo y los muchachos se marcharon. También los clérigos se fueron a su lugar. Miré ((**It9.161**)) a mi alrededor y no vi a nadie. Hasta la vid con sus sarmientos y con sus racimos había desaparecido. Busqué al guía y no lo encontré. Entonces me desperté y pude descansar algo. El viernes, 1.° de mayo, continuó don Bosco el relato: -Como os dije ayer, me desperté pareciéndome haber oído el sonido de la campana, pero volví a amodorrarme; descansaba tranquilamente, cuando me sentí sacudido por segunda vez y me pareció encontrarme en mi habitación, en actitud de despachar mi correspondencia. Salí al balcón y durante un rato estuve contemplando la gigantesca cúpula de la nueva iglesia y seguidamente bajé a los pórticos. Poco a poco regresaban de sus ocupaciones los sacerdotes y los clérigos que me rodearon. Entre ellos estaban presentes don Miguel Rúa, don Juan Cagliero, don Juan B. Francesia y don Angel Savio. Hablaba con ellos de cosas diversas, cuando la escena cambió por completo. Desapareció la iglesia de María Auxiliadora, desaparecieron todos los edificios actuales del Oratorio y nos encontramos ante la antigua casa Pinardi. Y he aquí que de nuevo comienza a brotar del suelo y en el mismo lugar que la anterior, una vid que parecía salir de las raíces de la otra, y a elevarse a igual altura, a producir numerosos sarmientos horizontales, que se extendieron por un amplio espacio y después se cubrieron de hojas, de racimos y finalmente de uva madura. Pero no apareció la turba de jóvenes. Los racimos eran tran grandes como los de la tierra prometida. Habría sido necesaria la fuerza de un hombre para levantar uno solo. Los granos eran extraordinariamente gruesos, de forma oblonga y de un color amarillo oro; parecían muy maduros. Uno solo de ellos hubiera sido suficiente para llenar la boca. Su aspecto era tan agradable que la boca se hacía agua y parecía que estaban diciendo: -íCómeme! También don Juan Cagliero con don Bosco y sus compañeros contemplaba maravillado aquel espectáculo. Don Bosco esclamó: -íQué uva tan estupenda! Y don Juan Cagliero, sin más cumplidos, se acercó a la vid, arrancó unos granos, se echó uno a la boca y comenzó a masticarlo; pero sintió náuseas y lo arrojó con tal fuerza, que parecía vomitar. La uva tenía un sabor desagradable, como el de un huevo podrido. -íCaramba! exclamó don Juan Cagliero después de escupir varias veces; esto es veneno, es capaz de causar la muerte a un cristiano. Todos miraban y ninguno hablaba, cuando salió por la puerta de la sacristía de la antigua capilla un hombre de aspecto serio y resuelto, que se acercó a nosotros y se paró junto a don Bosco. Don Bosco le preguntó: ->>Cómo se entiende que una uva tan hermosa tenga un gusto tan malo? Aquel hombre no contestó, sino que, sin decir palabra, fue a cortar un haz ((**It9.162**)) de varas, eligió una nudosa, se presentó a don Angel Savio y se la ofreció diciendo: -íToma y golpea esos sarmientos! Don Angel se negó a hacerlo y dio un paso hacia atrás. (**Es9.164**))
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