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((**Es8.885**) por la santa fe católica los santos mártires Aventor y Octavio a fines del siglo tercero. Es éste, pues, un terreno regado con la sangre de los mártires, favorecido consiguientemente por el cielo con especiales bendiciones, como atestiguan los muchos y verdaderamente admirables institutos de caridad que los rodean, entre los cuales el coloso de la Pequeña Casa de la Divina Providencia, y como nos da fe el Oratorio contiguo en donde hay más de setecientos jóvenes que reciben educación cristiana y que salvarán al menos una parte de la creciente generación del naufragio de la incredulidad y de las malas costumbres. Esta nueva iglesia llevará además el glorioso título de María Auxilium Christianorum. Y >>quién hay entre nosotros, queridos hermanos, que no sienta el corazón lleno de gozo con las más dulces esperanzas al pensar que aquí estará uno de los lugares, en donde María derrama los tesoros de sus misericordias? Los discípulos de Jesucristo han colocado siempre sus esperanzas en la protección de la Madre de su Divino Maestro, y de Ella esperaron y recibieron siempre toda la ayuda que les fue necesaria; y María demostró siempre ((**It8.1046**)) que era el auxilio de los cristianos, Auxilium Christianorum. A María, en efecto, recurrió el Pontífice San Gregorio Magno y por su gracia era Roma liberada del azote de la peste. A María se dirigieron los cristianos de Constantinopla siempre que hubieron de combatir con los turcos, y vencieron siempre, hasta que ellos mismos no consumaron su rebelión contra el Vicario de Jesucristo. A María recurrieron los cristianos del Languedoc, guiados por el valiente y piadoso Montfort contra los feroces Albigenses, y alcanzaron plena victoria. A María acudió el Pontífice San Pío V, cuando los mahometanos con una flota inmensa avanzaban furibundos contra nuestra Italia, y la victoria de las naves cristianas fue tan completa, que gran número de banderas turcas fueron ofrecidas a María en su iglesia del Capitolio; y desde entonces en adelante, por decreto de la Santa Sede, María es saludada como Auxilium Christianorum. A María suplicaron nuestros padres durante los tres meses de angustia que duró el asedio de Turín en 1706, y la estupenda basílica de Superga, que corona nuestros collados, nos dice la portentosa ayuda que obtuvieron y lo sigue diciendo la procesión general que hacemos el día de la Natividad de la Santísima Virgen. A María también presentamos nuestras súplicas, hace ya casi treinta años, cuando la peste asiática, segando por cientos y millares las víctimas en las ciudades vecinas, empezaba ya a dar los golpes de su guadaña, y la columna que se admira ante el santuario de Nuestra Señora de la Consolación nos dice a todos bien claro cómo nos llegó su asistencia prodigiosa. Pero entre los innumerables y suavísimos recuerdos que tenemos del auxilio concedido por María a los cristianos, hay uno que siempre nos llena de maravilla, cuantas veces lo recordamos, y es, cuando el Sumo Pontífice Pío VII volvió contra toda esperanza a Roma para sentarse en el trono de san Pedro tras una larga e injustísima prisión. íAh, qué días de prueba y de dolor fueron aquéllos para los cristianos! El Padre común, arrancado violentamente de su Sede, gimió durante cinco años bajo la tiranía de un emperador taimado y poderoso, que pretendía obligarle a traicionar a la Iglesia. Todos rezaban a la gran Señora, que ha aplastado la cabeza de la serpiente infernal, que asistiera al Sumo Pontífice en una lucha tan terrible: y el buen Pío VII no cesaba de abandonarse en las manos de la Reina de los cielos honrándola especialmente en su marmórea imagen del santuario de Savona. Y María dio nuevas pruebas de que era nuestro auxilio. Y de golpe cayó el poderío colosal de Napoleón I que se apoyaba en su orgullo y en una política de sangre, y el Vicario de (**Es8.885**))
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