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((**Es8.802**) grande. El estaba muy contento de que don Bosco preparase a los jovencitos para la carrera eclesiástica, pero no veía como, al querer todos los frutos, destruía las mismas plantas que debían producirlos. Escribía a don Bosco: Muy querido don Bosco: Me apresuro a notificar a V. Rvda. S. que no permito que los clérigos de mi diócesis den clase y repasos, o que sean vigilantes de los dormitorios y prefectos. Esta medida, que se extiende a otros internados es para favorecer y ayudar a los clérigos en sus estudios y para que puedan asistir a clases y repasos. ((**It8.945**)) He determinado también no conceder las órdenes sagradas nada más que a los que están en el Seminario. Esta medida le resultará algo gravosa, pero será provechosa para la Iglesia y su Comunidad. Me apresuro a comunicarle todo esto, a fin de que pueda proveer con tiempo a lo suyo y a los clérigos y también para mayor provecho de los mismos. Que el Señor le conceda todos los bienes, y créame con todo aprecio de V. S. Rvma. 11 de septiembre de 1867 Su afectísimo y seguro servidor >> ALEJANDRO, Arzobispo. Esta notificación fue una dolorosa sorpresa para don Bosco. Fue varias veces a hablar con el Arzobispo y le iba repitiendo: -Así las cosas, los clérigos al Seminario, los sacerdotes a la Residencia Sacerdotal y don Bosco, él solo, en medio de millares de muchachos. >>Cómo puedo condescender a sus deseos? Pero el Arzobispo se mantenía tan firme, que don Bosco se vio obligado a decirle: -Escuche, Monseñor: escriba Vuestra Excelencia a Roma las razones por las cuales ha dado estas disposiciones y yo también expondré a Roma mi caso; Roma decidirá. -No, le respondía Monseñor: esta cuestión debe arreglarse entre nosotros dos. Pero resultó una cuestión larga y espinosa. Todos los clérigos del Oratorio estaban angustiados. Los que no tenían intención de quedarse con don Bosco y otros, instigados por personas influyentes, abandonaron al Siervo de Dios y entraron en el Seminario; los que ya estaban ligados con los votos o se disponían a hacerlos, veían también un oscuro porvenir. El Arzobispo consideraba como diocesanos suyos no solamente a los clérigos que no habían profesado o no tenían intención de emitir los votos en la Sociedad (**Es8.802**))
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