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((**Es8.530**) allí presente, al contemplar el aprecio universal de las virtudes de don Bosco, se encontró menos triste por tener lejos a sus hijos y dio gracias a la Providencia que los había colocado bajo la custodia de tan santa persona. No cuento ni una milésima parte de aquella demostración. Fue semejante a las que el pueblo romano acostumbra a hacer el Santo Padre... Se esperaba a don Bosco en casa de los Torlonia, como se espera a un ángel. Esta casa, que tal vez no se hubiera movido ni ante la llegada de un rey, bajó toda ella, bien comprendido que solamente los sanos porque algunos están enfermos, a esperar a don Bosco a la puerta. Extrañábanse los criados y más aún los señores que les rodeaban. Pero don Bosco es una excepción en todo y siempre. Como de costumbre se hizo esperar. Llegó finalmente y fue recibido con gran cordialidad. Bendijo a los enfermos, habló a todos los miembros de la nobilísima familia, y estuvo como una hora en aquella casa, donde el oro abunda en las arcas y pende a manos llenas de las paredes. El Príncipe no quería ni sabía separarse de don Bosco y se empeñaba en enseñarle todo con la más tierna y cariñosa sencillez. Don Bosco, al contemplar tantos y tan espaciosos salones, suspiraba, diciendo: -íAh! Señor Príncipe, si yo tuviese estos locales, cuántas camas pondría en ellos para mis pobres muchachos. Al fin le invitó el Príncipe ((**It8.624**)) a que volviera para celebrar una misa, y le prometió que también él tomaría parte en sus obras de beneficencia. Le acompañó hasta el coche, cerró la portezuela y agradeció varias veces que se hubiera dignado visitarle. >>Le contaré ahora la visita a un pobre enfermo, ciego desde hace más de seis meses? Da la impresión de que todos creen que don Bosco cura los males solamente tocando a los enfermos con sus manos. Este pobrecito besaba la medallita que se le había entregado y decía llorando: -íAh! Toque mis ojos con sus manos; íque yo vea, Señor! íCuánta fe! Le cuesta a don Bosco tranquilizar a tanta gente, que espera, más aún, está segura de alcanzar la gracia. De todas formas, está comprobado por todos que sus visitas siempre son provechosas para el alma o para el cuerpo. Una enferma, amenazada de muerte por la abundancia de vómitos de sangre, fue bendecida por don Bosco y prodigiosamente mejoró, más aún, afirma estar curada. De acuerdo con sus posibles, envió una pequeña, pero cordial ofrenda. El lunes (28) fue al Caravita, donde otrora se reunía la flor y nata de las Damas Romanas en piadosa Congregación. Si antaño florecía, hoy se deshacía lamentablemente. Durante los días de conferencia apenas si cuatro, seis u ocho señoras al máximo, acudían a las reuniones. Los Jesuitas, que son omnipotentes en Roma, estaban desolados y no lograban reavivar aquella Sociedad. Por eso invitaron a don Bosco para que fuera allí a celebrar la misa y predicar. Don Bosco aceptó. Se esparció la noticia y el lunes estaba la iglesia abarrotada de gente mucho antes de la hora. A las ocho, hora señalada, era tal la muchedumbre que no se podía ni entrar. Don Bosco, como de costumbre, tardó un poco. Dieron las nueve, las nueve y media y no apareció. La gente no daba señales de impaciencia, iban llegando nuevos coches y estaban atestadas las puertas y la calle. La única preocupación que tenían los reunidos era el miedo a que don Bosco no llegase. Pero finalmente estaba allí. Casi eran las diez. Imposible entrar en la iglesia a causa de la gente; se requirió bastante tiempo para llegar a la sacristía. Una vez en (**Es8.530**))
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