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((**Es8.252**) vuestra reverencia. Le doy las más sinceras gracias, en mi nombre y en el de monseñor Giorda, por los preciosos libros que nos hizo llegar a través del cónsul pontificio Battaggia. Perdone no le haya escrito antes; habiendo sabido, ya hace tiempo, por medio de la princesa Elena Vidoni y por su hija, que V. R. era esperado en Cremona por las Magdalenas, quería matar dos pájaros de un tiro mandándole el importe de los boletos, juntamente con nuestro agradecimiento. Mucho me pesa no haber podido vender mayor número. Creo yo que hay pocas ciudades como ésta, en la que los buenos son asediados con tanta petición de limosnas. Por eso se rehúsan fácilmente cuando se trata de obras benéficas fuera del Estado. Supongo que ya habrá recibido todo, por medio de la familia Vidoni. Me ha llegado una apreciadísima carta de las Magdalenas, a las que he respondido poniendo ante sus ojos algunas de las muchísimas observaciones que es necesario hacer sobre ese tema. La cosa está en manos de Jesús, el cual, lo mismo que ha sabido beneficiar la obra, en un año, con treinta y nueve mil liras austriacas, puede también allanar todas las demás dificultades que se oponen a la realización de aquel proyecto... Aunque muy indignamente, ruego siempre, siempre, siempre en la santa misa y fuera de ella por vuestra reverencia y por las santas obras que dirige; pido a cambio que, alguna vez, se acuerde de decir a Jesús por mí que deseo ser todo suyo; que me conceda la gracia de amarlo mucho, mucho. Si obtengo esto, no importa lo demás; ílo tengo todo! Con la mayor reverencia y estima, me profeso De V.S. muy Rvda. Su seguro y atento servidor JOSE APOLLONIO Ruégole participe mis felicitaciones y respetuosos saludos a esa su santa familia. ((**It8.289**)) Este último parrafito nos dice lo mucho que don José Apollonio conocía a los Salesianos y a los muchachos del Oratorio. Efectivamente, durante el año anterior había estado algún tiempo con ellos, hospedado cordialmente por don Bosco, el cual, aunque indirectamente, le había ayudado en un trabajo que debía dar gran gloria a María Santísima. El abate Domingo Sire, miembro de la compañía de San Sulpicio, profesor y director del Seminario de París, se había propuesto traducir a todas las lenguas y dialectos hablados por los católicos de todo el mundo, la Bula Inneffabilis, con la que Pío IX había proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción de María Santísima. La traducción debía ser hecha por los mismo fieles, que hablaban el lenguaje al que se debiera traducir la Bula, ejecutada por los mejores literatos capaces de vulgarizarla del latín con fidelidad y elegancia; copiada a mano por los mejores calígrafos en más de diez mil folios (**Es8.252**))
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