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((**Es7.79**) Y este desprendimiento de todo lo que podía servirle de alivio, era un constante sacrificio que ofreció a Dios para la santificación de sus hijos. Observaba Bonetti en su crónica: <<8 de febrero. Encontrábase don Bosco en el refectorio en compañía de diversos clérigos y colaboradores de la casa; dialogaba con ellos sobre las calamidades que envuelven al hombre en este mundo y concluyó diciendo: >>-íAh, nada importa con tal de que yo pueda ir al paraíso acompañado de mis muchachos y de Bonetti a la par (pues estaba yo cerca de él y tenía los ojos vueltos a mí). >>-Cuántos quiere tener a su lado? le pregunté. >>-Deseas saber cuántos quiero junto a mí? He pedido lugar al Señor al menos para diez mil. >>En efecto, esto ya lo había dicho y lo repetía de vez en cuando, de tal forma que se había corrido la voz por varias poblaciones. Una madre, de Caramagna, fue a Turín para pedir a don Bosco la gracia de que admitiese a su hijo entre los diez mil, aunque no pudiese colocarlo en el Oratorio. >>Yo entre tanto seguí preguntándole: >>-Cuántos hay ya actualmente en el paraíso? ((**It7.81**)) >>-Cerca de doscientos, respondió. >>Yo insistí: >>-Sumando los que ya fueron puestos por usted en la senda del paraíso y que todavía viven, los que estuvieron y están al presente en el Oratorio, cuántos llegarán a la meta e irán a ocupar su sitio? >>-Amigo mío, me preguntas lo que no sé. Quién puede fiarse jamás de la buena conducta de un muchacho? A veces veo jóvenes tan bien orientados por el camino de la virtud que constituyen una delicia; pero después, con frecuencia los ves enfriarse y llevar una conducta que me arranca las lágrimas. Podría decirte uno tras otro los muchachos de casa que están actualmente en gracia de Dios, pero no sabría decir si perseverarán hasta el fin>>. Por la noche, desde la tribuna, como si maniobrase contra el inmundo espíritu que le asediaba tan cruelmente, no se cansaba de ensalzar la virtud de la pureza. Describía sus valores, y encantos con tanta elocuencia y tanto recato, que era encantador escucharle. Durante muchos años no se atrevió a tratar de la fealdad del vicio opuesto, de tanto como lo aborrecía; sólo hacia el fin, viendo que iba en aumento la malicia de los muchachos, que desde niños ya habían sido víctimas o testigos de cosas nefandas, por dos o tres veces se decidió (**Es7.79**))
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