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((**Es7.427**) aquella misma tarde en Montemagno para la primera plática del triduo. Estaba preocupado y entró en el despacho de los coches, para ver si había modo de encontrar un vehículo. Se buscó, pero de momento no se pudo conseguir y el jefe le indicó que, aun saliendo a aquella hora, no le era posible llegar a tiempo para subir al púlpito; tanto más que una empinada y larga cuesta impedía correr a los caballos; y que, por consiguiente, era preferible dejar la salida para el día siguiente. Una hora duraron estos intentos y el señor Cerrato, que aguardaba pacientemente, contento de que don Bosco no pudiese partir, le llevó a visitar a un pobre enfermo. Este, que se había enterado por la mañana de la llegada de don Bosco, envió una persona para que lo acompañase a su casa; pero don Bosco, resuelto a marchar, se había excusado. Ante su negativa, el enfermo había quedado sumido en gran tristeza, de manera que los familiares no sabían cómo calmarlo. Mas la Providencia había dispuesto los acontecimientos a fin de consolarlo, y no puede expresarse con qué satisfacción fue recibido don Bosco por el enfermo. Lloraba de alegría; la presencia ((**It7.500**)) de don Bosco era para él como la presencia de un ángel; se confesó, arregló tranquilamente sus asuntos y declaró que, una vez visto a don Bosco, nada más podía desear en este mundo. Aquella tarde fue aún a visitar a la señora Pulciani, en cuya casa dió una conferencia sobre la obra de los Oratorios; y despachó varios asuntos para los cuales le esperaban. Todavía tuvo que confesar antes de acostarse y, a la mañana siguiente, partía hacia Montemagno, donde fue recibido con regocijo por el pueblo y por la familia del marqués de Fassati, en cuya casa siempre le hospedaban cariñosamente. La víspera de la fiesta llegó don Miguel Rúa para ayudarle a confesar. De vuelta al Oratorio, presentáronle a don Bosco dos recomendaciones para el ingreso de dos muchachos: una del Gobierno civil, y otra del Ministerio de Obras Públicas. Las mencionamos aquí, porque no está fuera de lugar el recordar, de vez en cuando, las buenas relaciones del siervo de Dios con los diversos Ministerios del Estado y con las autoridades provinciales o municipales para aceptar jóvenes a pesar de que en épocas tan borrascosas surgían frecuentemente por diversas partes duras oposiciones a su obra. La carta del Gobierno civil de la provincia de Turín, división 5.a, N.° 12974-847, estaba redactada en estos términos: (**Es7.427**))
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