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((**Es7.395**) en otra ocasión caer de una silla y romperse la cabeza; y por tanto aminoró, aunque no cesó, la guerra injusta y vil al mismo tiempo, que sostenía contra el Oratorio. Al preguntar a don Bosco sobre los sucesos referidos, se le oyó decir muchas veces: -Dios es bueno, Dios es grande, Dios es omnipotente. Permite con frecuencia las tribulaciones para sacar el bien de ellas y mostrar su misericordia y su poder. Los registros nos trajeron graves disgustos, pero fueron de utilidad, y el amargor se trocó en dulzura. Así fue en realidad. Ante todo las autoridades se mostraron menos obstinadas en sus sospechas y, si no favorecieron siempre a don Bosco, al menos le dejaron bastante libre para realizar el bien según sus ideales. Una ventaja que no debe pasarse en silencio es, en verdad, el gran crédito que, a partir de entonces, fue adquiriendo el Oratorio ante la opinión pública. Los buenos, al verle maltratado, al igual que a tantas otras renombradas y excelentes instituciones, conservaron y aumentaron la estima en que ya le tenían; y los malos y los enemigos, al advertir que, pese al gran alboroto organizado por la prensa y los minuciosos registros realizados por el mismo Gobierno, en fin de cuentas no se había encontrado nada reprochable, depusieron la actitud que de buena o mala fe habían adoptado contra él, y le reconocieron merecedor de su simpatía. De este modo, por la bondad divina, pudo don Bosco continuar recogiendo millares de jovencitos, que reconocían en él al hombre de Dios y también al hombre de ciencia, al ((**It7.462**)) director de sus estudios, al creador de su feliz porvenir. Escribió el canónigo Ballesio, haciéndose eco de todos sus compañeros: <(**Es7.395**))
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