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((**Es7.202**) desde San Ignacio he visto quién es el principal enemigo de todos y cada uno de mis muchachos. Procuraré, a medida que tenga algún ratito, charlar con cada uno en particular y darle los avisos oportunos. Es tan grande el amor, queridísimos hijos, que tengo a vuestras almas, que no terminaría de hablar y deciros muchas cosas hermosas que pudiesen contribuir a vuestra salvación. >>El caballero Oreglia quiso, con todo, arrancar a don Bosco si, a través de su hilo telegráfico, no habría podido desde lejos hacer algo más que ver. Don Bosco, riendo, respondió: >>-Claro; habría podido dar un zurriagazo a esos tales, un golpe de cable eléctrico sobre sus espaldas. Y este zurriagazo, ya fuera de hilo misterioso, ya fuera de otro instrumento, lo sintieron aquellos tres, los cuales, mientras se encontraban dentro del agua, recibieron sobre su piel un golpe que les hizo saltar fuera; preguntaron a un soldado, que se bañaba con ellos, qué había pasado y por qué les había golpeado. >>Mientras don Bosco concluía de hablar, el joven Tinelli se volvió a un amigo que tenía al lado, y a quien ya había confesado el secreto de su escapada, y le dijo en voz baja: >>-Ahora he sabido quién me dio en la espalda aquellos golpes tan fuertes y dolorosos. Yo que me reñí con un soldado, que se bañaba algo distante, sospechando que había sido él. >>Yo (Bonetti), que estaba detrás, al oír estas palabras, le ((**It7.230**)) agarré del brazo y le llevé a don Víctor Alasonatti: Tinelli narró detalladamente el hecho, y descubrió el nombre de los dos compañeros. De los tres se obtuvo la confirmación de la charla de don Bosco, pues confesaron haber recibido los golpes, haber salido rápidamente del agua sin ver a nadie y, sobrecogidos de espanto, se pusieron la ropa y volvieron al Oratorio. >>Dios es admirable para ayudar a sus siervos, especialmente a los que se consumen de celo por su amor y por la salvación de las almas. >>Tinelli dejó el Oratorio a los pocos días, cuando los estudiantes hacían sus exámenes finales>>. Don Bosco, prosigue la Crónica, solía hacer en los últimos días del curso escolar un triduo: durante tres días consecutivos predicaba por la tarde en la iglesia. Esto servía para enviar a los jóvenes a vacaciones, preparados y prevenidos. En una de estas pláticas del año 1862, contaba el siguiente caso, ocurrido en la misma semana. Un día, después de comer, mientras estaba aún de recreo, entró en el Oratorio un hombre, y acercándose a él, le suplicó se diese prisa (**Es7.202**))
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