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((**Es6.747**) En efecto, el canónigo comenzó en seguida a declarar que le eran necesarios aquellos dos clérigos para la buena marcha del Seminario Menor. Don Bosco, siempre cortés, no le llevó la contraria, pero le demostró que podrían ser sustituidos por otros clérigos, si el caso lo pedía. Pasaron después a otras consideraciones fáciles de suponer por la carta que aquí trasladamos. Benemérito señor Rector: Le envío nota de algunos clérigos formados en esta casa; puede usted elegir entre ellos los que mejor le parezca para enviarlos a Giaveno. No puedo menos de someter a su consideración una humilde observación ((**It6.989**)) acerca de la razón que me presentó ayer, por la que no quiere que se diga que el Oratorio y el Seminario de Giaveno son una sola cosa, a saber, que se llame jesuitas a las personas y jesuitismo a la enseñanza. No se deje cegar los ojos por esa fruslería, pues tanto los buenos como los malos están convencidos de que estas palabras suenan a garantía de moralidad. Considere, en efecto, lo que era el año pasado el Seminario de Giaveno y lo que es ahora. Todos los que hemos enviado de aquí se han resignado a ir allí sólo cuando se les dijo que el Oratorio y Giaveno eran una sola cosa. Podría usted preguntar cómo y cuántos son los jóvenes enviados por el Oratorio o por las personas de nuestra confianza, y cuáles han sido enviados por otros; y esto le convencerá de que las palabras dichas no son para asustar al mundo. Otra palabra fue que los seminaristas de otras diócesis, como norma general, se devolviesen preferiblemente a sus Obispos. Esto va contra lo que hacen o procuran hacer los otros Obispos, que cuando tienen un buen sujeto, hacen lo posible por conservarlo. Tengo de ello pruebas reales y tangibles: Francesia es de Ivrea, Cerruti de Vercelli, Durando de Mondoví, Provera de Casale, y éstos son excelentes profesores, que yo no tendría y quizá no harían el bien que hacen de haber sido devueltos a sus diócesis. Dirá usted que doy lecciones a quien no las ha de menester. No pretendo tanto. Quiero sólo decir lo que me parece es para mayor gloria de Dios. Tampoco hay que pensar que ambicione meterme en los asuntos de Giaveno;bastante quehacer tengo aquí en Turín en todo sentido; es mi ardiente deseo que usted se ocupe y siga manteniendo la marcha tan bien emprendida en Giaveno. Por lo demás ya sabe que llevo veinte años trabajando y sigo todavía y espero continuar haciéndolo toda mi vida por nuestra Diócesis; y siempre he reconocido la voz de Dios en la del Superior eclesiástico. Perdone esta charla y acepte mis mejores deseos de toda suerte de bienes del cielo, profesándome. De V.S. Turín, 3 de septiembre 1861. Seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro. ((**It6.990**)) En el ínterin había estado don Bosco en los ejercicios espirituales, en la alpestre y solitaria cumbre del Santuario de san Ignacio. Había llevado consigo al caballero Oreglia, que en carta fechada el 18 de julio escribía así a don Víctor Alasonatti: (**Es6.747**))
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