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((**Es6.735**) Tomé buena nota, que guardé para mí, y tuve una prueba de que era verdad lo que contaba don Bosco>>. Las grandes virtudes estaban ocultas en el Oratorio. En un ambiente de ideas espirituales, donde eran algo continuo los hechos sorprendentes, los sueños marcados con el sello de lo sobrenatural, las predicciones, la revelación de conciencias y los anuncios de muertes futuras, todo lo cual parecía que había de exaltar la fantasía, no ((**It6.972**)) hubo entre los millares de jóvenes educados en el Oratorio, ni visionarios, ni maniaticos por la religión, ni beatos, ni pusilanimes, ni supersticiosos. Desarrollabase, pues, un orden de cosas que se fundaba en la verdadera devoción y evidentemente era querido por Dios. Confirma esta aserción don Pablo Albera y con él muchísimos otros. <>1. Don Bosco, pues, habló así: Era la noche del 14 al 15 de junio. Después que me hube acostado, apenas había comenzado a dormirme, sentí un gran golpe en la cabecera, algo así como si alguien diese en ella con un bastón. Me incorporé rápidamente y me acordé en seguida del rayo; miré hacia una y otra parte y nada vi. Por eso, persuadido de que había sido una ilusión y de que nada había de real en todo aquello, volví a acostarme. Pero apenas había comenzado a conciliar el sueño cuando, he aquí que el ruido de un segundo golpe, hirió mis oídos despertándome de nuevo. Me incorporé otra vez, bajé del lecho, busqué, observé debajo de la cama y de la mesa de trabajo, escudriñé los rincones de la habitación; pero nada vi. Entonces, me puse en las manos del Señor; tomé agua bendita y me volví a acostar. Fue entonces cuando mi imaginación, yendo de una parte a otra, vio lo que ahora os voy a contar. Me pareció encontrarme en el púlpito de nuestra iglesia dispuesto a comenzar una plática. Los jóvenes estaban todos sentados en sus sitios con la mirada fija en mí, esperando con toda atención que yo les hablase. Mas yo no sabía de qué tema hablar y cómo comenzar el sermón. ((**It6.973**)) Por más esfuerzos de memoria que hacía, ésta permanecía en un estado de completa pasividad. Así estuve por espacio de un poco de tiempo, confundido y angustiado, no habiéndome ocurrido cosa semejante 1 Jeremías, XXXVI, 18. (**Es6.735**))
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