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((**Es6.710**) >>-íDios mío!, pero tú lo has querido así, Señor, y yo adoro tus decretos. >>Y después ordenó: >>-Vete en seguida a ver, vuelve inmediatamente e infórmarme de todo. >>Corrí al piso superior y, apenas puse el pie en el dormitorio, sentí un olor insoportable a azufre; y, al avanzar más hacia dentro, oí gritos, gemidos y llantos. El dormitorio era muy largo y tenía dos hileras de camas. Dos tercios del tejado se habían derrumbado. Al llegar hacia el fondo del dormitorio, encontré algo peor; unos jóvenes tenían la cara cubierta de sangre, otros aturdidos por la sacudida eléctrica parecían atontados, el joven Modesto Davico tenía la cara chamuscada. Un zapatero, Juan Vairolati, que tocaba estupendamente la trompa, estaba sin sentido en la cama y dos compañeros lo rociaban con agua ((**It6.941**)) intentando inútilmente hacerle volver en sí; parecía moribundo. Otros, no obstante el gran alboroto, no se movían y parecían muertos. >>Volví entonces a don Bosco para contarle lo que había visto y él, que había podido vestirse en el ínterin, con una tranquilidad que me sorprendió, se encaminó inmediatamente al lugar del desastre. >>Subía las escaleras, cuando de pronto salióle al encuentro un joven y le dijo: >>-Ha caído un rayo y han muerto unos treinta muchachos. >>-Vuelve y fíjate un poco más, le respondió don Bosco. >>Después de un instante volvió el mismo joven a toda prisa: >>-Los muertos son solamente siete u ocho. >>-Vuelve a mirar -replicó don Bosco. >>Y entró en el dormitorio con semblante sereno, sonriente y animando a todos: >>-No tengáis miedo; tenemos en el cielo un buen Padre y una buena Madre, que velan por nosotros>>. Al verlo, los jóvenes respiraron como si hubiese entrado un ángel consolador. Los que se habían levantado corrieron a él y le rodearon. Se acercó a la cama de los que parecían malheridos y en seguida se dio cuenta de que el daño no era tan grande como le habían dicho en los primeros momentos. No se trataba más que de rasguños y aturdimiento. Mandó llevar en seguida agua y vinagre, y con sus propias manos lavó las heridas y contusiones de los pacientes. Acercóse después a Vairolati, que seguía inmóvil, le llamó dos o tres veces en voz alta y el pobrecito, que hasta entonces no había abierto los ojos, ni había dicho palabra, los abrió, lanzó (**Es6.710**))
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