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((**Es6.658**) Dios o al prójimo. Los de la cabeza cortada son los que se consagraron al Señor de una manera particular. Mientras considerábamos estas cosas, vimos una gran muchedumbre de personas, parte de las cuales habían atravesado el lago y subían la montaña poniéndose en contacto con otros que, habiendo llegado antes a la cumbre, descendían para darles la mano ((**It6.871**)) y les animaban a que subiesen. Después, éstos aplaudían exclamando: -íBien! íBravo! Al oír aquel ruido de aplausos y aquellas voces, me desperté y me di cuenta de que estaba en la cama. Esta es la primera parte del sueño, esto es, lo que soñé la primera noche.En la noche del 8 de abril don Bosco se presentó ante los muchachos que estaban deseosos de oír la continuación del sueño. Comenzó recordando la prohibición de ponerse las manos encima y también les prohibió moverse de sitio en la sala de estudio y dar vueltas de acá para allá, yendo de una a otra mesa. Y añadió: -El que deba salir del estudio por cualquier motivo, pida siempre permiso al jefe de la mesa. El siervo de Dios se dio cuenta de la impaciencia de los jóvenes.. y, echando una mirada a su alrededor, prosiguió, después de una breve pausa, con aspecto sonriente: SEGUNDA PARTE íRecordaréis que había un gran lago que había de llenarse de sangre, al fondo del valle, cerca del primer lago! Después de haber eontemplado las varias escenas anteriormente descritas y de recorrer la altiplanicie de que os hablé, nos encontramos ante un paso libre por el que poder proseguir nuestro camino. Proseguimos, pues, adelante mis muchachos y yo, a través de un valle que nos llevó a una gran plaza. Penetramos en ella; la entrada de dicha plaza era ancha y espaciosa, pero después se iba estrechando cada vez más, de forma que al fondo, cerca ya de la montaña, terminaba en un sendero abierto entre dos rocas, por el que apenas si podía pasar un hombre. La plaza estaba llena de gente alegre que se divertía despreocupadamente, dirigiéndose al mismo tiempo al sendero que llevaba a la montaña. Nosotros nos preguntábamos unos a otros: -Será éste el camino que conduce al Paraíso? Entre tanto, los que se encontraban en aquel lugar se dirigían uno tras otro con la idea de pasar por aquella angostura, y para conseguirlo tenían que recogerse bien las ropas, encoger los miembros cuanto podían e incluso abandonar el equipaje o cuanto llevaban consigo. Esto me dio a entender que, en realidad, aquél era el camino del Paraíso, puesto que para ir al cielo no basta solamente estar libre de pecado, sino también de todo pensamiento, ((**It6.872**)) de todo afecto terrenal, según el dicho del Apóstol: Nihil coinquinatum intrabit in ea. (Nada contaminado entrará en ella). (**Es6.658**))
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