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((**Es6.497**) tuviera a bien darlas a conocer a sus diocesanos, si pensaba que ello servía para honor y gloria de Dios y salvación de las almas. -Dichosos nosotros, concluyó, si Su Eminencia aceptara este obsequio. Su Eminencia hizo ademán de aprobación y afirmación. Visitó después la casa, pasó por los dormitorios, el salón de estudio, los talleres, el comedor de los clérigos y la cocina, la cual bendijo, diciendo: Provea el Señor con abundancia para todos. Salió de la casa a las diez y media entre los gritos de: íViva Pío IX! íViva el Cardenal Cosme Corsi! Formaron los muchachos dos filas entre las que pasó la comitiva, desde el pórtico hasta el coche, que estaba esperando en la puerta, y el Cardenal iba bendiciendo a todos con fervor y emoción. Dijo el canónigo Alasia que nunca había presenciado función como aquélla y que no había podido contener las lágrimas. Lo mismo afirmó el canónigo Ortalda. De allí pasó el Cardenal al Refugio, donde no se había hecho ningún preparativo para recibirlo; entró como un simple sacerdote, no dijo palabra, dio la bendición con el Santísimo Sacramento y a continuación fue, con la marquesa de Barolo, a visitar el santuario de la Consolación para dar gracias a la Virgen por su liberación. El 21 de julio emprendía viaje de vuelta hacia Pisa. (**Es6.497**))
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