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((**Es6.34**) en magnífica escuela de virtud, los que con hueras palabras, desmentidas las más de las veces por los hechos, están sentando cátedra de supuesta democracia, explotando la credulidad del pueblo para escabel de sus ambiciones. Allí aprenderían cómo y con cuánta ventaja para los individuos y para la comunidad, se ennoblecen los ánimos, informados por la religión, cómo se elevan, digámoslo así, sobre su natural manera de ser, y llegan a ser capaces de grandes cosas. En el Oratorio de Valdocco está como en su casa la santa y hacendosa fraternidad, que a todos une en apretado y dulcísimo vínculo, porque todos son hijos de un mismo rescate, y a todos protege, anima y amaestra por igual. Al Apóstol de la juventud de Turín, al humilde sacerdote, que multiplicó entre nosotros los grandes ejemplos de Felipe Neri y de Vicente de Paúl, como a insigne bienhechor de la humanidad, debemos eterna gratitud, y es nuestra herencia y nuestro deber de ciudadanos mantener su gloria y propagarla. Conde VICTOR DE CAMBURZANO Diputado El conde de Camburzano, apodado el Montalembert de Italia, adicto amigo y bienhechor del Oratorio, fue testigo aquel año de cómo descubría don Bosco los secretos de los corazones desde lejos. Estaba veraneando en Niza cuando un día tuvo ocasión de hablar de él en una tertulia, donde se encontraban personas de la alta sociedad, cuya religiosidad era bastante ((**It6.30**)) postiza o ajada. Las maravillas que contaba el Conde hicieron asomar a los labios de aquellos señores más de una sonrisa burlona, y una dama lo interrumpió con estas palabras: -Me gustaría ver si ese reverendo sabe decirme el estado de mi conciencia; y si lo adivina, os aseguro que creeré todo lo que queráis. Aplaudieron los presentes y se determinó hacer la prueba. La señora, escribió allí mismo a don Bosco. El Conde metió la carta cerrada dentro de un sobre con una hoja en la que le rogaba diera alguna palabra de consuelo a aquella pobre dama. Efectivamente ella se sentía habitualmente víctima de profunda aflicción. Don Bosco respondió con su acostumbrada puntualidad al Conde: -Diga a esa señora que, para alcanzar la paz, debe reconciliarse con su marido del que se ha separado. Y en una esquelita para la dama, añadía: -Su Señoría puede quedar tranquila arreglando sus confesiones, desde hace veinte años hasta el presente; y corrigiendo los defectos cometidos en el pasado. La noticia de que aquella señora estuviera separada del marido resultó completamente extraña y nueva para el conde de Camburzano, (**Es6.34**))
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