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((**Es6.279**) mente la bendición. Y que procuren acercarse a los santos sacramentos los domingos y fiestas principales. A los clérigos les recuerdo que están vendidos al cielo y, por lo tanto, no piensen ya en esta tierra; que todo su afán sea buscar la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas. A este propósito recomiendo a todos que se ayuden unos a otros a salvar el alma; primero, con el buen ejemplo y después, con los buenos consejos, teniéndonos por felices siempre que podamos impedir entre nuestros compañeros un solo pecado venial; prestando buenos libros de lectura, exhortando a la obediencia, avisando cuando descubráis un lobo en el aprisco; en conclusión, acordándonos que un gran santo dice: divinorum divinissimum est cooperari in salutem animarum (entre las cosas divinas lo más divino es cooperar a la salvación de las almas). A los sacerdotes, aunque sean pocos, les recomiendo que se esfuercen por mantener encendida en su alma la llama de un ardiente amor a las almas. Y qué me diré a mí mismo? Diré (y hablaba casi sollozando, y con palabras entrecortadas) que siento sobre mis hombros el peso de un año más, cuando el 18 59 está para desaparecer con los siglos pasados. Es un año menos de vida y seríamos unos desgraciados, si lo hubiésemos pasado inútilmente. Siento lo grave de mi responsabilidad, que aumenta cada día, al tener que dar estrecha cuenta al Señor del alma de cada uno de vosotros. Yo hago lo que puedo, pero ayudadme vosotros, mis queridos muchachos. ((**It6.364**)) Finalmente, mientras todos nosotros prometemos al Señor emplear bien el resto de nuestra vida amándole y sirviéndole, démosle gracias por los muchos beneficios que nos ha concedido y por habernos conservado hasta el año 1860. No concedió esta gracia a todos. Dónde están, que no los veo entre nosotros, Magone, Berardi, Capra, Rosato, Odetti y otros más? Pasaron a la eternidad para dar cuenta al Señor de lo que hicieron. Por eso os recomiendo a todos que tengáis preparada vuestra conciencia, porque el Señor puede llamaros este año a su tribunal. Recomiendo además, a los que por miedo o por vergüenza no se atreven a confesarse con su propio confesor, que lo cambien, que vayan a otro; pero, por amor de Dios, que no dejen de arreglar sus cuentas con El. Seguro que el año próximo no nos encontraremos aquí todos en este mismo día. Por lo tanto, os invito a rezar un padrenuestro por todos los que morirán durante el próximo año y por los que fallecieron en éste que está acabando. En la lista de los queridos difuntos de la casa figuraba la fecha en que habían pasado a la eternidad. Carlos Rosato, de Turín, el tres de mayo en el hospital Cottolengo, a los cuarenta y tres años de edad. Francisco Capra, de Centallo, a los dieciséis años de edad, en el hospital Mauriciano durante el mes de junio. Juan Zucca, de Cavour, en su casa paterna el quince de agosto, a la edad de veintiséis años. Bartolomé Odetti, de Vigone, en el hospital Cottolengo, a los dieciocho años. Don Bosco, después de rezar un padrenuestro, avemaría y requiem con todos sus chicos arrodillados delante de él, bajó de la (**Es6.279**))
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