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((**Es5.564**) a hablar de forma inconveniente. Otro músico hizo callar con buenas razones a un sujeto que empezó a burlarse de la religión y de los sacerdotes. Muchas veces llegaban estos buenos muchachos a su destino la víspera de la fiesta, el sábado por la tarde, y al ir al domicilio que se les asignaba, se encontraban algunos con la cena de día de carne, en vez de la de vigilia. -Ea, come, decía el dueño. Fuera escrúpulos; don Bosco no te ve ni lo sabrá. ((**It5.793**)) Pero el muchacho respondía con valor: -Ya sé que don Bosco no me ve, pero hay otro que me ve, íDios! Y se conformaba con pan y fruta. Pretendía don Bosco que los cantores fueran un sermón viviente en los pueblos adonde iban y por eso quería que pertenecieran al Clero Infantil. Así ganaban simpatías y aprecio para el Oratorio y esas pequeñas anécdotas de animosa virtud eran celebradas por todos, también por los que imprudentemente no se habían preocupado de las atenciones debidas a los chicos. Esta nueva selecta Compañía del Clero Infantil, se consagraba al culto divino el día de la Purificación de María, rodeando el altar mayor, revestidos con sus hábitos, mientras dos de ellos ayudaban la misa de la Comunidad, celebrada por don Bosco. El 31 de enero ya se había presentado en el presbiterio para los solemnes cultos en honor de San Francisco de Sales. Pero el servicio del altar correspondía a los clérigos propiamente dichos, los cuales, durante muchos años todavía, no renunciaron a este honor. Armonía se hacía eco de esta fiesta en su número del jueves, 4 de febrero de 1858. El domingo pasado ha sido un día de fiesta solemne muy alegre para los buenos muchachos del Oratorio de San Francisco de Sales. Cuando Horacio enseñó que omne tulit punctum qui miscuit utile dulci, (quitó todo el dolor quien mezcló lo útil con lo dulce), nunca se hubiera imaginado que el cristiano hubiera tenido hombres tales que, por un secreto y suave impulso de la divina gracia, o, como diría otro, por una inclinación natural, habrían aplicado su máxima a cada uno de sus actos, no para ganar aplausos, sino para conducir a los hombres por el camino del cielo. Uno de esos hombres es cabalmente el egregio y benemérito sacerdote don Bosco. De ello han tenido una prueba quienes estuvieron ayer en el Oratorio. Se celebraba la fiesta del Santo titular de aquella ((**It5.794**)) iglesia; estuvo la jornada tan bien distribuida y repartida en cosas divertidas y santas, que pasó toda ella en un momento para aquella multitud de jovencitos. Por la mañana hubo comunión general, a la que se acercaron más de cuatrocientos chicos con el rostro radiante de gozo. Siguió luego la misa solemne, cantada por el profesor Ramello, quien hace casi un año ayuda con amor y alegría a don Bosco, en la santa obra que le ha confiado la Divina Providencia. El coro lo formaban los muchachos, en parte estudiantes y en parte artesanos, buenos todos y algunos óptimos. Quien conozca el carácter inquieto (**Es5.564**))
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