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((**Es5.243**) Podríamos contar muchísimos otros episodios parecidos ya que don Bosco, cuando hablaba, siempre lo hacía de suerte que no ofendía el amor propio de aquéllos a quienes quería llevar a Dios. Tenía una cortesía, prudencia y delicadeza ((**It5.334**)) admirables para hacer llegar al oído de quien la necesitaba la palabra oportuna para su bien espiritual. El celo de don Bosco nacía del profundo reconocimiento que nutría hacia sus bienhechores. Era de ver cómo se manifestaba en él esta virtud hasta en las circunstancias más insignificantes. Le conmovía la menor deferencia que se le tuviese. Un chico que le indicase una calle, un criado que le encendiese una lamparilla, un empleado que le sirviese un vaso de agua o le prestase cualquier servicio, podía estar seguro de que se lo agradecía. Con frecuencia, después de una visita o de una conferencia algo larga, le hemos oído exclamar: -Os agradezco la paciencia que habéis tenido aguantándome y escuchándome. Y de aquí se pueden colegir los sentimientos de su bondadoso corazón hacia quienes le ayudaban a continuar sus obras con generosos sacrificios. Rezaba continuamente y hacía rezar cada día a sus muchachos un Padrenuestro, Avemaría y Gloria por los bienhechores en las oraciones comunitarias. Con frecuencia recomendaba la comunión, y sobre todo celebraba y hacía celebrar la misas por ellos, particularmente cuando estaban enfermos, y después de su muerte. No olvidaba nunca sus benemerencias. Cuenta don Francisco Cerruti que, una vez en Alassio, a punto de salir a celebrar la santa misa, le llamó y le dijo: -Mira, esta mañana voy a celebrar la misa por el reverendo Vallega, aquel sacerdote tan bueno, que hace unos años nos hizo tal favor... Inculcaba a sus muchachos este espíritu de agradecimiento y lo manifestaba a menudo con palabras tan arrebatadoras, que los estusiasmaba: ->>Veis, decíales una vez? No teníamos con qué pagar el pan, y vino tal ((**It5.335**)) señor o tal señora a ayudarnos. íQué grande es la bondad de Dios! Añadiremos que atribuía el mérito de todo cuanto hacía a sus bienhechores, y no a sí mismo. Mil veces se le oyó repetir que, si hacía algún bien, lo debía a la caridad de los buenos. -Nosotros, exclamaba, vivimos de la caridad de nuestros bienhechores. (**Es5.243**))
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