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((**Es3.99**) que ponían de relieve la necesidad de la fraternidad que debía reinar entre los compañeros, y especialmente la unión de los hijos del Oratorio, para merecer las bendiciones de Dios. Y alcanzó su intento. En breve cesó el lamentado desorden y no se oyeron más murmuraciones sobre el particular. El joven Chiosso, que asistió al Oratorio por aquellos años, asegura que don Bosco no castigaba nunca, salvo rarísimas veces, cuando se trataba de un muchacho rebelde y descarado, blasfemo, o sorprendido en conversaciones inmorales. Y esto solamente en aquellos casos en los que, salvo el escándalo, hubiera sido fatal para el alma de aquel incauto el despacharlo del Oratorio. Difícilmente se enteraban los compañeros del castigo impuesto; pero, si se traslucía, todos se ponían de parte de don Bosco y decían: -Ha hecho bien. Y después los mismos culpables le daban la razón, porque jamás ocurría que se dejara llevar por el amor propio herido: su dulzura era habitual. Esa dulzura era el secreto de su sistema: estaba firmemente persuadido de que para educar a los muchachos es necesario abrir su corazón, poder penetrar en ellos como en propia casa ((**It3.116**)) para estirpar los gérmenes del vicio y cultivar las flores de las virtudes nacientes. Su empeño era formarlos, con sus buenos modales, para que fueran expansivos, sencillos, espontáneos. Para ganarse su confianza, procuraba por todos los medios que le amaran y estuvieran persuadidos de que eran amados. Los corazones cerrados, que escondían sus secretos, casi siempre sus vicios; los que se mantenían solitarios, misteriosos, disimulados, hipócritas, eran su tormento y estudiaba por todos los medios ganárselos y adueñarse de ellos. El teólogo Ascanio Savio que, como más adelante veremos, convivió con él aquellos años, aseguró que don Bosco usaba siempre buenos modales, paternales, delicados, inspirados en la mansedumbre para atraer a la virtud a los muchachos y que nunca se le vio tratar a ninguno con modos descompuestos o amenazar con castigos, ni siquiera a los más traviesos o díscolos. Por eso precisamente el Oratorio rebosaba de niños y de jóvenes, cuya mayor parte recibía los sacramentos cada domingo. Bastaba hablar con él una sola vez para quedar prendado de la dulzura y elegancia de sus modales, de la jovialidad de su trato, de la oportunidad y gracia de sus palabras. Esto explica, en parte, la fascinación que ejercía sobre sus muchachos, a los que atraía irrestiblemente. De sus corazones siempre abiertos y confiados, saltaba a sus rostros ese atractivo especial que contituye, diría yo,(**Es3.99**))
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