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((**Es3.351**) siempre un orden lógico para no engendrar confusión en sus mentes. Cuando había concluido todo el alfabeto con tales industrias, agurpaba las letras en sílabas y formaba las palabras. A veces, algunos de sus maestrillos, Santiago Bellia entre otros, se ausentaban momentáneamente de su sección para espiarlo y recrearse con sus inventivas. Sus alumnos, aunque no avezados al ejercicio mental, aprendían maravillosamente, y al poco tiempo sabían leer, y luego escribir, con bastante corrección. Nunca daba clase sin un poco de catecismo. Sabía interrumpir la clase, o aguardar al final de la misma, para contar hechos ejemplares que inculcaban en los corazones la piedad o el amor a una virtud. Terminaba siempre la clase con una canción religiosa. Cuando los desbastó lo suficiente, cedió su cátedra a Santiago Bellia, que andaba por los dieciséis años, y al que aquellos buenos mozarrrones prestaban toda su atención. Pero don Bosco iba a visitarlos de vez en cuando y les daba alguna lección de caligrafía y de aritmética. Especialmente de aritmética, sobre todo desde que, el quince de diciembre, el ministro de agricultura y comercio invitó a los obispos a que cooperaran en la divulgación del sistema métrico decimal y lo hicieran enseñar en los seminarios. Esta clase tenía mucha importancia en sus planes de prudente defensa. Sus alumnos adultos, que fueron creciendo en número durante los años siguientes, dábanle gusto en lo que él tenía tan a pecho, esto es, en ayudarle a salvar sus propias almas: se aficionaron a las funciones sagradas y, a no tardar, se les vio, ((**It3.451**)) mezclados con los alumnos internos, en el coro o en el presbiterio cantando los salmos y las antífonas de las vísperas. Y don Bosco, en tanto, se daba maña para buscar un amo a los que andaban sin trabajo y hasta socorría económicamente a los que tenían necesidad. Reinaba una paz perfecta en el Oratorio de San Francisco de Sales. En los últimos meses del año, algunos de los antiguos cooperadores de don Bosco, eclesiásticos y seglares, temieron que, al renovarse las divisiones, acabaran ésas por malograr la tan bien encaminada obra de los Oratorios Festivos. En consecuencia, proyectaron agrupar los ya existentes y los que se fueran fundando, como en una confederación, dependientes de una especie de asamblea directiva, la cual debía tutelar los intereses materiales y espirituales y actuar como juez en las cuestiones que pudieran surgir entre ellos. Existían en Turín, por entonces, contando el de Valdocco, tres Oratorios destinados (**Es3.351**))
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