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((**Es3.35**) y trasladó sus pobres enseres a la última de la misma planta, hacia levante. De nada sirvió este expediente: el endiablado ruido se trasladó a la nueva habitación. Y don Bosco, en tanto, enflaquecía y se resentía en su salud al no poder dormir, ni descansar. Entraba, de cuando en cuando, su madre por la noche en su habitación y alzando los ojos gritaba: <<íFeas bestias, dejad en paz a don Bosco, acabad de una vez!>>. Un día, por fin, llamó a un albañil. Ordenóle don Bosco que abriese un ancho boquete, junto a la pared, en el cielo raso de su habitación, en forma de claraboya, que pudiese prestar fácil acceso al desván; acercó después una escalera, preparó lo necesario para, al primer golpe que se oyera de noche, subir con una luz, asomar la cabeza ((**It3.30**)) al desván e intentar descubrir qué había. Y he aquí que se oyó el primer golpe a la hora de costumbre. En menos que se dice, sube don Bosco a la escalera, levanta con la izquierda la tapa de madera y con la luz en la diestra se asoma al desván: mira en derredor y... Afligido entonces al reconocer evidentemente de quien se trataba, tomó un cuadrito de la santísima Virgen y lo clavó en la pared del desván rogándole lo librara de aquella pertubación. íIdea feliz! A partir de aquel momento ya no se volvió a oír nada y el cuadrito quedó allí colgado hasta que se deshizo la casa vieja y se construyó la actual. Don Bosco, tranquilo, por así decir, bajo el manto de María, ocupó durante seis años aquella pieza que le servía, a la par, de salita de estudio y recibidor. Sobre el dintel de la puerta quiso se escribiera el saludo: <>, a fin de que fuera leído y pronunciado con devoción por quien se acercase a verle. Quería él de este modo hacer un acto de desagravio por las blasfemias que, desgraciadamente, se iban repitiendo cada vez con más frecuencia por el vulgo y que a él le horrorizaban, tan profundamente que palidecía y temblaba al mismo tiempo. Parecía, en tanto, que allí se reonovaba lo que narra el Evangelio cuando Jesús ayunó cuarenta días. Al retirarse vencido el demonio, los ángeles se acercaron. El aposento ocupado por don Bosco siempre fue tenido por los muchachos como un recinto misterioso de las más bellas virtudes, como un santuario donde la Virgen se complacía en darle a conocer su voluntad, como un vestíbulo de comunicación entre el Oratorio y las regiones celestiales. Mamá Margarita pensaba lo mismo. Ella había transportado su cama a la ((**It3.31**)) habitación más(**Es3.35**))
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