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((**Es3.324**) -No señor, replicó aquél; ya no debe haber ni privado ni secreto; todo hay que hacerlo a la clara luz del día. En aquel momento sonó la campana para ir a la iglesia y don Bosco creyó que, al pie del altar, se hubieran calmado los ánimos; mas, por mala suerte, no fue así. El sacerdote, encargado tiempo atrás de la plática de aquella tarde, subió al pequeño púlpito y soltó una larga y deplorable arenga. Durante casi media hora no resonaron en los oídos del joven auditorio más palabras que emancipación, independencia, libertad. Muchos bramaban de rabia, otros reían y algunos rimando la palabra libertad, libertad, repetían por lo bajo en dialecto piamontés <> <>. Quien tuvo que sufrir más fue el pobre don Bosco, que lloró en su interior amargamente. <>. Al acabar las sagradas funciones, quería hablar a solas con el pobre descarriado y hacerle comprender de buenas maneras su equivocación; pero no tuvo tiempo, porque el otro, apenas salió de la iglesia, invitó a sus colegas y a los muchachos a que le acompañaran, entonó a voz en grito un himno popular, y, acompañado por un centenar de personas, salió del Oratorio haciendo ((**It3.416**)) ondear locamente al viento su bandera. El grupo rebelde fue a hacer alto junto al Monte de los Capuchinos. Allí se hizo y aceptó la propuesta de no volver más al Oratorio, si no se les invitaba y recibía solemnemente, es decir, a bandera desplegada y con medallas y escarapelas al pecho. Don Bosco, aunque afligido por aquel desorden, no se desalentó ni cedió un ápice a sus pretensiones. Estaba seguro de que defendía unos principios buenos y sabía que era menester llegar a soluciones graves, cuando se trataba de combatir principios falsos y de funestas consecuencias. Por otra parte veía la imposibilidad, al menos por el momento, de llegar a un acuerdo con las opiniones de tales colaboradores. Así que, durante la semana escribió una cartita a cada uno de los que aprovechaban las clases de catecismo para inculcar sus ideas políticas. Se expresaba con frases muy corteses; les agradecía cuanto había hecho por el Oratorio anteriormente y les manifestaba que por el momento, no se necesitaba su labor, por lo que les rogaba, más aún, les prohibía poner sus pies en el Oratorio en adelante. Tan inesperado despido exarcebó a aquellos señores y se pusieron de acuerdo para hacer lo posible por alejar de don Bosco a los (**Es3.324**))
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