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((**Es3.321**) de tres picos y el calzón corto. La propuesta empezaba a cuajar: ya se veía por la ciudad a sacerdotes sin alzacuello, con sombrero de copa y pantalones largos hasta los talones. Los liberales promovían esta transformación, incitando a los golfillos a burlarse e insultar a los sacerdotes que seguían vestidos a la antigua usanza. Una de aquellos sacerdotes modernistas, persuadido de la fuerza que daría a las nuevas ideas el ejemplo de don Bosco, se le presentó un día, alegando el parecer de los demás, con el ánimo de convencerle de sus proyectos de reforma en el vestir. Don Bosco se echó a reír y preguntó: ->>Habéis hablado ya de esto con don José Cafasso? -Todavía no. -Pues bien, convenced primero a que se pongan pantalón largo y sombrero de copa, al canónigo Anglesio, a don José Cafasso y al teólogo Borel. Cuando estos tres modelos de sacerdote, a quienes yo venero y respeto, vayan vestidos de este modo, es posible que también me vengan a mí las ganas de hacer lo mismo. No tardaron los Obispos en condenar tan necias pretensiones. Pero naturalmente los que encontraban pesado un punto tan importante de disciplina eclesiástica, tampoco podían ser elementos de orden en los Oratorios. Efectivamente, éstos, a los que se unieron algunos seglares, empezaron a pretender que todos los muchachos en corporación tomaran parte en espectáculos y fiestas públicas y ((**It3.412**)) en manifestaciones donde ciertos vivas no tardarían mucho en convertirse en gritos de muerte. Otros les calentaban la cabeza hablando y defendiendo en su presencia opiniones extrañas en materia de política y de religión. Don Bosco no cesaba de repetir que la política a enseñar a los muchachos del Oratorio era la de alejarlos de las malas acciones, hacerlos buenos cristianos y dóciles en la familia, para que fueran un día honrados y útiles ciudadanos. Por eso recomendaba a sus colaboradores que se guardaran de insinuar a los muchachos fantasías e ideas cuando menos inoportunas, que no harían más que distraerlos del cumplimiento de sus deberes. Pero sus sabias directrices no eran interpretadas en buen sentido, y seguían sosteniéndose las nuevas teorías. Entonces don Bosco se vio obligado a desaprobarlas y a corregirlas desde el púlpito. Y, si bien lo hizo con mucha prudencia, se fue acentuando más y más la aversión de algunos de sus ayundantes, que empezaron a comentar sus palabras con bromas y burlas. La agitación, fomentada por la curiosidad, cundía también entre los jóvenes; algunos de ellos faltaban a las funciones sagradas para ir (**Es3.321**))
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