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((**Es3.235**) medio de violencias tan indignas, como apenas se dan en los pueblos bárbaros. Pero los desórdenes no acabaron en Turín tan presto. Las invectivas del libro de Gioberti El jesuita moderno y la acogida prestada a los jesuitas, desencadenaron también contra la Residencia Sacerdotal las iras de la plebe, enguantada y sin guantes. Una noche se presentó un tropel de gente al pie de las ventanas de la Residencia en la calle Mercanti, gritando a voz en cuello: íAbajo la Residencia Sacerdotal, muera el teólogo Guala!, y otros improperios. Como el teólogo Guala esta enfermo, bajó don José Cafasso a la calle para intentar amansar a aquel grupo de locos, acompañados por curiosidad de muchos otros haraganes. La aparición del teólogo Cafasso, bien conocido por los alborotadores de cuando acompañaba a los condenados al patíbulo, y sus palabras, todo dulzura y mansedumbre, redujeron al silencio a la chusma. Pero en aquel momento uno de los residentes, ligero de cascos y chalado por las ideas de Gioberti, improvisó motu propio en las ventanas un simulacro de iluminación con las pocas velas que encontró en las habitaciones de los compañeros. Bastó aquello para cambiar por ívivas!, los gritos de íabajo! y la manifestación se dispersó. El Teólogo sintió mucha pena, y el residente liberal fue despedido pronto. ((**It3.298**)) Parecía que había pasado todo peligro, cuando una noche se presentaron en la Residencia seis aguaciles, cuatro de paisano y dos de uniforme. Tenían orden de hacer un registro minucioso, como si aquello fuese un antro de maleantes que amenazaran la seguridad del Estado. Registraron detalladamente todo, presente el teólogo Guala, que se levantó de la cama y desde un sillón observaba todos sus movimientos. No encontraron nada censurable; sólo se llevaron un fajo de cartas que, a lo que parece, devolvieron enseguida. También se organizaron manifestaciones contra la marquesa Barolo, acusada de ocultar a quince jesuitas en su casa y amenazada, además, de muerte por separar -decían- a las muchachas de sus padres y encerrarlas por la fuerza en sus Institutos. Así le agradecían el gran bien que había hecho a Turín. Desde Casa Pinardi se oía la indecente barahúnda de unos hombres borrachos encenagados en el mal y unas mujerzuelas licenciosas, que vomitaban toda suerte de injurias contra el Refugio, y amenazaban incendiarlo y hacer salir a las muchachas. Al mismo tiempo los sectarios no olvidaron a monseñor Fransoni y preparaban un nuevo alboroto contra él. Pero el marqués (**Es3.235**))
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