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((**Es3.221**) Muerte. Este ejercicio fue enriquecido por Pío IX con indulgencia Plenaria, aplicable a las benditas almas del purgatorio, y concedía trescientos días a todos los que intervinieran en la procesión. Así que, mientras en la ciudad ondeaban al viento por las calles miles de banderas y explotaban las pasiones patrióticas, músicas y cantos, en el Oratorio salían de la iglesita hileras de muchachos precedidos de humildes estandartes, llevando en andas a San Luis entre lirios y azucenas, daban una vuelta alrededor del huerto de mamá Margarita, cantando las glorias de la inocencia y de la pureza, y volvían ante el altar para ser bendecidos por el Divino Salvador. La procesión mensual se hizo regularmente durante un año o poco ((**It3.278**)) más, esto es, durante todo el tiempo que duraron las manifestaciones patrióticas por la ciudad. Estas y otras prácticas piadosas, totalmente necesarias en aquellos días, hicieron un gran bien y el mismo don Bosco se maravillaba al ver cómo los muchachos se dejaban atraer por ellas. Los sectarios, como veremos, empleaban los ardides más seductores y eficaces para excitar la fantasía, exacerbar los sentimientos patrióticos y encender las pasiones contra la Iglesia, a la que presentaban como enemiga de la libertad y del bienestar de los pueblos. En consecuencia, hubo que lamentar bastantes años la falta o disminución de fe en la gente del pueblo, su irreverencia y hasta su aversión contra obispos y sacerdotes. No se puede formar idea hasta qué punto llegaron los excesos de las mentes exaltadas. Decía don Bosco humildemente a don Juan Turchi: -íQué contento estoy de ser sacerdote! De no haberlo sido, >>adónde hubiera yo llegado en aquellos tiempos? Y estos sentimientos le servían de norma para hacer llegar su palabra al corazón de los jóvenes, disipar prejuicios, enseñar la verdad y mantener encendido en ellos el amor a la religión. Estas preocupaciones no le impedían participar en las angustias y dolores de monseñor Fransoni. Y como tenía siempre abiertas las puertas del Palacio Arzobispal, durante los últimos meses de 1847 y en los primeros de 1848, acudía allí todas las tardes, de las cinco y media hasta cerca de las ocho. Frecuentemente se encontraba con él el muchacho Francisco Picca, que salía de las escuelas de Puerta Nueva, y le invitaba a acompañarle. -Con mucho gusto, le respondía, >>adónde va? La respuesta era casi siempre la misma: -A ver al Arzobispo. El joven sacerdote y el venerando Prelado comentaban los gravísimos (**Es3.221**))
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