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((**Es3.187**) Estaba presente, entre otros a quienes hemos conocido, don Francisco Oddenino. Empezó manifestando su gran satisfacción al contemplar aquel día los ubérrimos frutos del Oratorio, comparable a la de los misioneros, cuando en medio de la pobreza de sus capillas se ven rodeados de las familias de los nuevos cristianos, ricos con el oro de la caridad y del fervor; tributó toda suerte de elogios a los sacerdotes y seglares que cooperaban en aquella obra, poniendo de relieve la importancia de esta parte del ministerio, con palabras que salían de su pecho inflamado de amor por la Iglesia, por las almas y, sobre todo, por la juventud; animó a todos a perseverar en aquella obra de caridad, asegurándoles su particular benevolencia. Dirigiéndose después a los muchachos, les exhortó a frecuentar el Oratorio con asiudidad y buena voluntad, y les señaló los beneficios que allí recibían: beneficios espirituales y materiales, beneficios para la vida presente y la futura. <<íAh!, exclamó con paternal afecto, ícuántos desgraciados gimen hoy en el fondo de un oscuro calabozo y son una carga para sí mismos, vergüenza para su familia y deshonra de la Religión y de la Patria! >>Y por qué? Porque en la primavera de la vida no tuvieron un hombre amigo y bondadoso, no tuvieron un ángel visible que, al menos en los días festivos, les recogiese de las calles y las plazas y les tuviese alejados de los peligros de inmoralidad y de los malos compañeros, les enseñase los deberes del cristiano y del ciudadano, lo honroso del trabajo y lo oprobioso del ocio. Venid, por consiguiente, aquí mientras las circunstancias de la vida os lo permitan, atesorad las enseñanzas que os dan, haced norma de vuestra conducta para toda la vida, y os aseguro que, en vuestra edad avanzada, bendeciréis el día ((**It3.233**)) en que aprendisteis el camino en este refugio de ciencia y de virtud. No puedo terminar mi charla sin agradeceros la cordial acogida que me habéis tributado. Sí, agradezco las afectuosas expresiones que en nombre de todos me han dirigido poetas y prosistas; agradezco a los cómicos la graciosa comedia que han representado; felicito a los músicos que tan bien han cantado; doy gracias a los que han trabajado para levantar este pabellón y estos arcos; doy las gracias, sobre todo, a los que con tanto celo han cooperado hasta ahora para vuestra cultura. Doy las gracias a todos y por todo. Y, puesto que en vuestras composiciones me habéis llamado Pastor y Padre, yo os aseguro que lo seré para vosotros y que siempre os tendré por corderos e hijos míos queridísimos>>. Era casi mediodía cuando el Arzobispo se dispuso a volver al Arzobispado. (**Es3.187**))
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