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((**Es2.279**) 1846 tres prisioneros sometidos a juicio, uno de los cuales era un joven de veintidós años y otro su padre. Don Bosco había confesado varias veces al hijo y el pobre joven le había cobrado gran afecto. El juicio terminó con la pena capital. Fue don Bosco a ver a su joven amigo antes de que partiese para Alessandria, lugar designado para el suplicio. Rogábale el joven, sollozando, que lo acompañara, mas ((**It2.367**)) don Bosco, con el corazón oprimido por una angustiosa ternura, le respondió con buenas palabras, pero evasivas, ya que no se sentía con valor para prometérselo. Partieron los tres condenados, emplearon varios días para el viaje con las consiguientes paradas, tal y como prescribía la sentencia. Cuando don Cafasso se disponía para salir hacia Alessandria a desempeñar con aquellos infelices su santo y sublime ministerio, mandó llamar a don Bosco y le dijo que le acompañara, puesto que, habiendo pedido aquel joven con tan vivas y repetidas instancias, tenerlo a su lado en los últimos momentos, creía él una verdadera crueldad el rehusarse. Don Bosco opuso alguna resistencia, porque le parecía que no podría aguantar el desgarrador espectáculo; pero insistió tanto don Cafasso que don Bosco, acostumbrado a obedecer cualquier indicación de su director, subió con él al carruaje ya preparado. Llegaron a Alessandria la vispera de la ejecución. Cuando el desgraciado joven en capilla, vio aparecer a don Bosco, se echó a su cuello y le abrazó llorando. Sólo Dios sabe lo que sufrió don Bosco: también él lloró, pero supo dominarse. Y pasó con el pobrecito toda la noche, consolándole y animándole con la esperanza segura de la vida inmortal, gloriosa y felicisima que le aguardaba. Más de una vez, gracias a la paz de que gozaba por su conciencia tranquila, vio dibujarse en sus labios una ligera sonrisa, mientras le invitaba a rezar con él a la Virgen y le preparaba para su última comunión. Hacia las dos de la madrugada le impartió de nuevo la absolución, celebró la santa misa en el altar preparado en la misma celda, le dio la comunión y, después de quitarse los ornamentos sagrados, hizo con él la acción de gracias con palabras afectuosas y fervorosas. Y llegó también para don Bosco el momento de una dolorosa pasión: de repente la campana de la catedral ((**It2.368**)) daba el primer toque de agonía. Abrióse la puerta del calabozo; aparecieron los guardias, unos cofrades de la Misericordia, el representante de la ley y el guardián de la cárcel. Se acercó el verdugo al condenado, se arrodilló ante él y le pidió perdón: luego, le esposó ante el altar y le echó la soga al cuello. Mientras tanto, don Bosco intentaba distraer la muerte de aquel pobrecito con el recuerdo de Dios, de María Santísima, (**Es2.279**))
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