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((**Es2.229**) Pero llegó el mes de julio y con él se rompía el último hilo de esperanza para seguir en el Refugio. Aunque la marquesa Barolo veía con buenos ojos toda obra de caridad, como ya. se acercara la hora de abrir su hospital, a saber, el 10 de agosto de 1845, quería que el Oratorio saliera de aquel lugar. Se le observó respetuosamente que los locales destinados a capilla, a clase y a recreo de los jóvenes no tenia comunicación alguna con el interior del hospital; que las persianas eran fijas y tenían los listones vueltos hacia arriba; que se procuraría además hacerlo todo estorbando lo menos posible; pero la buena Señora no quiso ceder: era el ama y hubo que obedecerla. Don Bosco estaba dispuesto a sufrir cualquier desazón antes que abandonar a sus jóvenes, y así se lo había manifestado claramente a la Marquesa. Sin embargo, sentía una gran pena por no saber a dónde llevarlos. Pensaba buscar un sitio por la zona de <>; pero el teólogo Borel intentó hacerle cambiar de parecer y lo consiguió fácilmente, persuadiéndole para que siguiera en la zona de Valdocco. Sueños singulares vinieron a alentar a don Bosco; le duraban toda la noche, como él mismo refirió por primera y ((**It2.298**)) última vez, a don Julio Barberis y a quien escribe estas páginas, el 2 de febrero de 1875. Había en estas misteriosas apariciones una maraña de cuadros que se repetían con variantes y cosas nuevas, pero siempre reproduciendo los sueños precedentes, y, a la vez, con otros aspectos simultáneos y maravillosos que convergían en un solo punto: el porvenir del Oratorio. He aquí la narración de don Bosco: <>-Métete entre esos jóvenes y actúa. >>Me metí, pero qué hacer? No había sitio donde colocar a ninguno; quería hacerles el bien: me dirigía a personas que estaban mirando desde lejos y que habían podido ayudarme mucho, pero nadie me hacía caso y ninguno me ayudaba. Me volví entonces a aquella Señora, la cual me dijo: >>-Aquí tienes un sitio; y me señaló un prado. >>-Pero aquí, dije yo, no hay más que un prado. (**Es2.229**))
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