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((**Es19.82**) con intención de tragarla. El médico le había prohibido tragar cualquier cosa, pero ella se la llevó con fe a la boca y la tragó. Eran las siete y media de la tarde. En ((**It19.89**)) aquel instante cesó todo dolor: se acabó la pesantez en el estómago y el vientre, se acabaron las dificultades para mover los miembros. Intentó bajar de la cama y lo hizo varias veces sin dificultad. Mas no salió de la habitación. Por la mañana se levantó como todas, pero se quedó en la habitación esperando que la autorizaran para bajar a la capilla. Como no se presentara ninguna religiosa, fue a la enfermera, la cual, sin poder creer lo que veía, la mandó volver a la cama. Obedeció ella y esperó con paciencia la visita del médico, el cual, no sólo la permitió que se levantara, sino también que comiera. Pocos días después, Sor Provina tomaba parte en la vida común. El tribunal formado en Turín por el cardenal Gamba se vio obligado, por la gravedad del proceso, a pedir dos prórrogas más allá del tiempo fijado por la Sagrada Congregación de Ritos. Oyeron a catorce testigos, sin contar a la agraciada, esto es, a los dos médicos de cabecera, a dos sacerdotes Salesianos y a diez Hijas de María Auxiliadora. Asistieron al proceso, en calidad de peritos, los doctores Sympa y Peynetti. Verdaderamente el Código de Derecho Canónico sólo prescribe la presencia de un perito; pero el tribunal turinés llamó al doctor Sympa de Roma, perito oficial de la Congregación de Ritos, porque veía la necesidad de tener normas técnicas seguras para el desarrollo de su acción. Finalmente realizaron la esmeradísima visita prescrita los doctores Sura, médico cirujano radiólogo, y Rocca, médico cirujano. Ambos certificaron que la Religiosa no presentaba ningún síntoma de lesión gástrica en acto, ni tampoco el más lejano indicio de predisposiciones patológicas en el futuro. El otro milagro sucedió en Castel San Giovanni, de la zona de Piacenza. En noviembre de 1918, la joven Teresa Callegari, de veintitrés años, cayó enferma con pulmonía gripal. Hizo el doctor Minoia, que se internase en el hospital y curó de la pulmonía; pero, durante la convalecencia, contrajo una fuerte dolencia en la rodilla izquierda con hinchazón, derrame de líquido articular y anquilosamiento. Habitualmente le subía la fiebre a treinta y ocho grados. ((**It19.90**)) La hinchazón pasó a la rodilla derecha, a las articulaciones de los pies y al brazo. Se adivinaba de aquel modo la poliartritis infecciosa. Durante seis meses estuvo la enferma condenada a la inmovilidad y con atroces dolores. Añadiéronse entonces otras graves complicaciones a la enfermedad articular, como catarro gastrointestinal, molestias vesicales con imposibilidad de orinar, estreñimiento y, en consecuencia,(**Es19.82**))
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