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((**Es19.368**) de hacer un milagro. -Y me eché a correr velozmente. Como no oía tras de mí los pasos del compañero, me volví hacia atrás, maravillado de que no viniese. Llegué, pues, a la sacristía; diré mejor, a la antesacristía, donde normalmente se sentaba don Bosco a confesar. Estaba él rodeado de un grupo de señores y señoras y caminaba despacio hacia la sacristía propiamente dicha. Casi mecánicamente me añadí al grupo y me encaminé con aquellas personas; y he aquí que también esta vez, sin saber cómo, me encontré precisamente al ladito izquierdo de don Bosco, entre todas aquellas personas con las que llegué hasta el centro de la sacristía. De repente, oímos detrás de nosotros un fuerte ruido, después grandes voces. Se adelantaba una pobre mujer, acompañando a una muchachita de unos diez o doce años, que tenía un brazo paralizado. Cuando la madre llegó delante de don Bosco, presentó a la niña, se echó a sus pies y suplicóle con lágrimas: -Don Bosco, cúreme a esta hija mía que no puede mover el brazo; cúremela. -Don Bosco, con la máxima naturalidad y con un tono sencillo, se volvió hacia la muchacha y le dijo: -Bien, bien. Mira, haz así. Haz la señal de la cruz. -No puede, interrumpió la madre gritando; no puede hacerla. Tiene malo el brazo y no puede moverlo. -No, hija, no, replicó don Bosco con la misma calma. Haz la señal de la cruz como te digo. Y la pobre madre quería explicar otra vez que la pobrecita no podía hacerla. Don Bosco replicó de nuevo: -íAsí, así! -E indicando con gestos a la madre que estuviera tranquila y callada, invitaba a la niña a hacer la señal de la cruz. En aquel instante dirigí la mirada a don Bosco y vi que su rostro se transformaba, adquiría un color especial, que yo no sabría definir de ningún modo. Parecía divinizado. Bendijo a la niña y ésta, sin el menor esfuerzo, hizo a la vez una amplia señal de la cruz. La madre estaba fuera de sí por la emoción y aquellos señores miraban aterrorizados. Don Bosco se dirigió entonces a la madre y le dijo: -Ahora vayan a la iglesia y recen tres padrenuestros, avemarías y glorias al Santísimo Sacramento y una Salve a María Auxiliadora, en agradecimiento por la gracia que les han concedido. -Inmediatamente después, salió con aquellos señores de la sacristía. Era el día de la fiesta de María Auxiliadora, durante el tiempo del recreo de después del desayuno. ((**It19.446**)) Al salir, con las fuertes impresiones de todo lo que había presenciado, me figuraba oír gritar por todas partes ímilagro, milagro! Pero nadie resolló y yo no pensé más en ello. Posteriormente busqué en las diversas obras que hablan de don Bosco a ver si se mencionaba aquel suceso; pero tampoco he encontrado nada sobre el particular. He leído algún otro hecho prodigioso, análogo al que yo vi, pero no era el mismo, puesto que todas las circunstancias eran muy distintas. Y lo que resulta más increíble es que yo nunca más pensé en preguntar a mi compañero porqué él no fue, ni tampoco le conté lo que sucedió. Pero todo ello es real y no se me ha olvidado ningún detalle. XII Don Bosco lee en la conciencia Francisco Alpi, que fue alumno en el colegio de S. Juan Evangelista, después enfermero en el Oratorio y últimamente maestro en Pagno (Saluzzo) contó a don (**Es19.368**))
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