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((**Es19.314**) Durante cuatro días se celebraron pontificales solemnes con predicación de los Obispos ante imponentes masas de fieles, llegados en peregrinación desde lejanos lugares. El día diez se reservó totalmente a las Hijas de María Auxiliadora, las cuales habían contribuido con celo y generosidad a proporcionar medios económicos para la empresa. Llenaron la iglesia con sus alumnas y oratorianas y realizaron exquisitas interpretaciones musicales. El día once fue un día de acción de gracias a Dios y a la Virgen Santísima por la incalculable cantidad de gracias obtenidas durante el curso de setenta años. Se clausuraron los festejos el domingo día doce, precedido de una fervorosa adoración nocturna. Desde media noche hasta las once de la mañana, no cesaron las comuniones, distribuidas en diversos altares. La iglesia y el Oratorio se vieron atestados de gente ((**It19.381**)) de la mañana a la noche; un río ininterrumpido de visitantes pasó por las habitaciones de don Bosco. Se había trasladado la procesión de María Auxiliadora al día doce. Desenvolvióse ésta a lo largo del recorrido, con devoción y brillantez, entre compactas hileras de gente del pueblo. íCuántas manifestaciones de fe y de piedad podían contemplarse al paso de la imagen! Delante de ella avanzaban, además de los seis obispos ya nombrados, el Nuncio Apostólico de Bolivia, monseñor Lunardi, otros dos obispos salesianos, monseñor Sosa de S. Miguel en Venezuela y monseñor Munerati de Volterra y los Obispos piamonteses Soracco de Fossano, Rosso de Cúneo, Imberti de Aosta, Grassi de Alba, Ugliengo de Susa y Del Ponte de Acqui; a continuación iban los dos purpurados. Una inmensa multitud recibió la bendición con el Santísimo, impartida por el Arzobispo dentro y fuera de la basílica. Hasta muy entrada la noche un hormiguero de gente llenaba el ambiente. Ya muy tarde se apagó la iluminación de la fachada y de la cúpula mayor y solamente quedó brillando en los aires la corona de lamparillas formando aureola a la cabeza de la estatua de la Virgen, que parecía saludar desde lo alto y acompañar con mirada maternal a la multitud que se alejaba. Las fiestas del cincuentenario serán memorables en la historia del santuario, porque señalaron el principio de una nueva fase, la de las peregrinaciones. Llegan de todas partes y con frecuencia extraordinaria. Muchas veces los peregrinos procedentes de un mismo lugar pasan del millar; algunos presididos por Obispos y hasta por Cardenales. Se experimenta cada vez más la conveniencia de organizar estos movimientos colectivos, de modo que se sucedan sin estorbarse unos a otros en el lugar y que además encuentren a la llegada y durante su permanencia todo lo necesario espiritual y materialmente. La profecía (**Es19.314**))
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